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La Vieja y el Periquillo: una aproximación a la Lima de Juan del Valle y Caviedes

Entre las abundantes páginas satíricas de Juan del Valle y Caviedes, poeta del virreinato peruano, se halla un jocoso y animado diálogo de preguntas y respuestas entre una “Vieja,” asociada con la “curiosidad,” y un joven “Perico” o “Periquillo,” portavoz del “desengaño.”  Este diálogo, en respuesta a ciertas opiniones sobre el Perú, desplaza su mirada satírica hacia la ciudad de Lima, enfocándose en algunos vicios morales de sus habitantes, entre ellos el libertinaje que acompañaría ciertas prácticas religiosas, la pretensión de linajes, y el comportamiento lascivo y vanidoso de las limeñas.  El poema parece enlazar así una larga y conocida práctica satírica con un referente específico, la Lima virreinal del siglo XVII.  Antes de ver con cierto detalle el contenido del poema, que es lo que más nos concierne, debemos, sin embargo, detenernos momentáneamente sobre una interesante y compleja problemática textual.

            Para nuestro estudio hemos consultado tres de las ediciones más recientes de la obra de Valle y Caviedes que incorporan, si no todos, varios de los manuscritos que se conocen de su poesía.  Estas tres ediciones son las del P. Rubén Vargas Ugarte (1947), la de Daniel Reedy (1984), y la más reciente, la preparada por Leticia Cáceres, Luis Jaime Cisneros y Guillermo Lohmann Villena (1990).[i]   Hay que notar que el diálogo que nos importa, en las ediciones de Reedy y Cáceres et al. aparece dividido en dos partes, mientras que en la del P. Rubén Vargas Ugarte aparece como si fuera un sólo texto.  En este último todo el poema (de 442 versos) lleva el título de “Coloquio entre la Vieja y Periquillo sobre una procesión celebrada en Lima.”[ii]  En las ediciones de Reedy y Cáceres et al., sin embargo, con una muy breve diferencia, los primeros 116 versos llevan el título de “Preguntas que hace la Vieja Curiosidad a su nieto el desengaño, niño Perico, hijo de la experiencia de las grandezas de una ciudad en los reinos yermos y andurriales,” y los segundos 329 versos, “Coloquio entre una vieja y Periquillo ante una procesión celebrada en esta ciudad.”[iii]   Es importante, entonces, preguntarse cómo habría aparecido el poema en una versión inicial.  La realidad manuscrita nos muestra, según lo que inferimos de las ediciones mencionadas, que efectivamente el diálogo le habría llegado a sus lectores en dos partes.  Vargas Ugarte no lo dice, pero es fácil imaginarnos que dada la semejanza de los dos textos (los mismos hablantes y el mismo referente), habría pensado que ambos eran uno sólo y que se habrían separado a lo largo de la transmisión manuscrita.  Es por esta razón que los uniría sin mayor reparo:  conjetura–creemos–no del todo errada.

Con Raquel - Pedro Lasarte

            A pesar de lo que nos muestre la tradición manuscrita, la enmienda editorial de Vargas Ugarte se ve hoy día apoyada por la existencia de otro coloquio satírico entre la “Vieja” y el “Periquillo,” coloquio recientemente editado, cuyo título es Descripción de las grandezas de Santiago de Chile.  Esta es una obra manuscrita, fechada en 1740, y atribuida a Ignacio de Mendieta.  Uno de sus editores, sin embargo–Luis Iñigo Madrigal–ha visto que 446 de sus 1394 versos satíricos a la ciudad de Santiago están tomados, con algunas variantes, de los diálogos de Valle y Caviedes que aquí estudiamos.  La apropiación es obvia.  Baste mostrar algunos casos en los cuales el referente “Lima” ha pasado a ser la capital chilena.  Por ejemplo, del verso A 24 de Valle y Caviedes, “la vanidad límense” pasa a ser la “vanidad chilena” (Iñigo Madrigal 165);  o “que el desengaño conozcan, / los limeños” (Valle y Caviedes A 52) se convierte en “que al desengaño conozcan / los chilenos” (Iñigo Madrigal 165).[iv]  Por otro lado, cree Iñigo Madrigal que en las últimas cuartetas de la “Descripción” la referencia a un “Dómine Camote” sería una alusión velada a Valle y Caviedes (158).  Los versos son los siguientes:  “Este bien formado Diálogo / que consta de la experiencia, / lo escribió con gran acuerdo / de Europa un insigne poeta / al ver el ultraje vano / de Santiago en competencia / que hizo un Dómine Camote / a la Corte (Lima) bella” (195, el subrayado es mío).  Luego, en base a su descubrimiento de la relación entre las dos obras, el editor conjetura–a nuestro parecer muy acertadamente–que bien podría haber existido una versión más antigua, y hoy perdida, del diálogo de Valle y Caviedes, y que allí podrían hallarse más versos ahora atribuidos al autor de la “Descripción” (157).  Añade, sin embargo, que “es indiscutible que el poema [la "Descripción"]  . . .  tiene una gran cantidad de versos originales:  desde luego, la Dedicatoria y la Censura que lo preceden lo son, así como las cinco cuartetas que lo cierran” (157).  También nos recuerda el hecho de que hay 948 versos que no figuran en la obra de Valle, aunque no deja de sugerir que quizás algunos de estos también podrían haber pertenecido a la sátira de Lima (Iñigo Madrigal 157).

            Este tipo de préstamo que lleva a cabo la “Descripción,” como bien se sabe, no era nada fuera de lo común.  Si es así, ¿por qué no pensar entonces que toda, o casi toda la obra perteneciese inicialmente a la pluma de Valle y Caviedes?  ¿Dónde y cómo se establece la separación?   Por otro lado, la referencia al “Dómine Camote,” ¿es verdaderamente una alusión a Valle y Caviedes?  ¿Hay una tercera mano en este diálogo?  ¿Qué es, y qué no es de Valle y Caviedes?   En fin, baste señalar que estas interrogaciones son sólo una muestra de la complicada e incierta trayectoria textual de la obra del poeta limeño del siglo XVII.  De todos modos, nuestro interés aquí es el de ver o estudiar el poema no sólo como producto de una preocupación individual, sino también como muestra de una posición satírica ante cierta realidad colonial–literaria y social–de la Lima del siglo XVII.[v]

            Pasemos, entonces, al texto.  Como hemos ya sugerido e indicado en nota–y siguiendo las intuiciones de Vargas Ugarte e Iñigo Madrigal–dadas la semejanza y continuidad de los dos segmentos, los trataremos como uno solo.  Estos dos, de todos modos, se hallan unidos orgánicamente por compartir una introducción y una conclusión.  El poema empieza con la voz de un narrador externo al diálogo que presenta a los dos personajes:   “La anciana Curiosidad, / frágil, femenil dolencia  / . . .  / pregunta al niño de Cuacos, / bobo de Coria en simpleza” (A 1-6).  Luego, después de 277 versos de animado diálogo de preguntas y respuestas, el texto anuncia su fin (“concluida está la arenga” B 277) y, en recuerdo de ciertas normas retóricas, pasar a recapitular algunos de los asuntos satirizados.  Se recuerda, por ejemplo, que todas las alabanzas de Lima que el diálogo ha desacreditado son “eructos sin sustancia / en los faustos que bostezan; / oropel sin fundamento / en el relumbrón que afectan; / todo paja, ningún grano,” etc., B 298-302).

Con Paco y Marta - Pedro Lasarte

             Hay que ver también que los personajes que dialogan son seres ironizados y rebajados por el narrador.  La vieja, con su “anciana curiosidad,” recuerda la “fragilidad” femenina iniciada por Eva; y su interlocutor, “el niño de Cuacos, bobo de Coria,” es testimonio de la ignorancia y la necedad.  En apego a la tradición serio-cómica de los diálogos satíricos estos personajes, dada su condición, serían capaces de relatar una verdad “no oficial” sobre la ciudad de Lima.[vi]   Con palabras sarcásticas, y con la cabeza “mareada,” la vieja requiere la verdad en torno a los pregones de la “fama parlera” (A 70-72):

           Niño Perico, pues vienes
de aquella Cairo suprema,
que son cortos arrabales
las cortes más opulentas;
con quien Roma es un cortijo;
Nápoles, una aldehuela;
Londres, un zaquizamí;
París, una choza yerma.
. . .
Contadme, niño, contadme,
sin que la pasión te mueva,
sus progresos, sus trofeos,
sus máquinas, sus grandezas (A 13-28)

Hay que ver que la vieja le recuerda al niño que él tiene conocimiento directo de Lima, que él viene de “allá.”  Esta curiosidad del de “acá” por lo que ocurre “allá” es ejemplar de la situación de la época y podría hacernos pensar en el deseo que se tenía en España–o en el “viejo”–por conocer más sobre la realidad del “nuevo” mundo–en este caso la capital del virreinato del Perú, la “Ciudad de los Reyes.”[vii]  El Periquillo, dadas su experiencia americana y sus limitaciones intelectuales, habría de ser un excelente reflector de la realidad para así satisfacer la curiosidad de su interlocutora.  El contará lo que ve y oye “de pe a pa”–es decir de memoria, sin reflexión ni engaño;  y esto aunque le “echen periquitos”– es decir, que lo insulten (A 10-11)–pena que sin duda habría de sufrir el mensajero de la verdad.  El discurso satírico prepara así el terreno para un diálogo que, dentro de la comicidad y la burla, intentará desenmascarar el supuesto falseamiento de la realidad virreinal.  De paso cabe recordar que, tratándose de un diálogo cuya referencia satírica es una ciudad, en este caso Lima, el poema se inserta en una larga tradición occidental de la inversión del laudes civitatum, tradición que tiene como uno de sus puntos de partida la condena de la decadencia de Roma por parte de Juvenal.  También, sin embargo, hay que ver que la vituperación de la ciudad tiene cierta trayectoria americana.  Un antecedente lógico para el diálogo de Valle y Caviedes sería la Sátira  . . .  a las cosas que pasan en el Pirú, año de 1598 de Mateo Rosas de Oquendo, y un sucesor igualmente lógico sería la Lima por dentro y fuera de Esteban de Terralla y Landa (1797).  Y otra obra que también debemos mencionar por ser más contemporánea a Valle y Caviedes, y con más puntos de contacto, es el diálogo de preguntas y respuestas, sobre Lima, de los personajes Asmodeo y Amonio en La endiablada (c. 1624) de Juan de Mogrovejo y de la Cerda.[viii]  Las comparaciones, sin embargo, quedan fuera de los propósitos de este trabajo, cuyo enfoque es la sátira de Valle y Caviedes–escrita probablemente hacia fines del siglo XVII.  Veamos, entonces, un breve resumen del contenido del poema, resumen que el lector que lo desee podrá enriquecer con su propia lectura.

            El núcleo o narración satírica del poema, que en las ediciones de Reedy y Cáceres et al. corresponden al segundo diálogo, se puede dividir en varios segmentos.  Primero, entre los versos B 1- 90 hay una sátira de las aparatosas fiestas y paseos religiosos que incluye, entre otras cosas, la consabida referencia a las tapadas limeñas (“son víboras insolentes / que a la herejía asemejan / cuando, cubiertas del velo, / pierden el de la vergüenza” B 5-8).[ix]  También se escucha una denuncia de la vana ostentación de los entierros y exequias limeños (“hay sermones dondequiera, / . . . / predican dos mil arengas, / siendo abuso tan común, / que si Dios no lo remedia, / tendrán ya panegiristas, / pulperos y verduleras” (B 60-66).    Y luego, a partir del verso B 115, se pasa a la conocida censura del abuso del “don” y de la pretensión de falsos linajes en la capital del virreinato peruano:

           caballeros sólo in voce
. . .
y como firmen el Don,
aunque de donado sea,
les basta sólo el firmarlo
para su información plena;
que en esta Babel con sólo
el contacto de la huella,
se constituyen los sastres
en potentados de Grecia;
los galafates, en condes;
duquesas, las taberneras;
en príncipes los arrieros,
y las gorronas, princesas (B 119-42).

Finalmente, el diálogo satírico, con una evocación de la teatralidad predilecta del Barroco, hace desfilar, en una suerte de entremés burlesco, a una serie de figuras grotescas que representan la falsedad y la gesticulación de los limeños:

           forman varias apariencias,
ya de fantasmas galanes,
Don Guindos de la comedia;
. . .
ya de súcubos maricas
o hermafroditas diablesas,
con más afeites y aliños
que una doña Melisendra;
. . .
metidos entre cortinas
como en jaula cotorrera;
por un lado marimachos,
por otro lado machihembras (B 178-192).

            Curiosamente–y en recuerdo de la tradición del laus et vituperatio–a lo largo de la denuncia de los habitantes de Lima hay también, intercalada, una defensa o alabanza de una “verdadera” nobleza, tanto entre hombres como mujeres.  Así, por ejemplo, en los versos B 107-14 los interlocutores se ponen de acuerdo para no “profanar las excelencias” de “gloriosos héroes / que ilustran su alta nobleza” (B 107-10); o, en otro lugar, el Periquillo defiende a las “ilustres matronas,” reclamando que su “prudente recato, / virtud, cordura y modestia / a la veneración toca / y no a la censura grosera” (B  223-26).      Ahora, visto este breve resumen, hay que preguntarse dónde se sitúa el discurso satírico; es decir, desde qué perspectiva se enjuicia, o se alaba, a ciertos sectores de la ciudad de Lima.  ¿Quiénes son los blancos de vituperación y elogio que se hallan detrás del lugar común y la referencia tópica?  ¿De quién se queja y a quién ataca?  La repuesta no es ni tan inmediata ni tan clara–y quizás por eso pueda resultar en ciertas reflexiones interesantes.  Veamos.

            Una primera aproximación a estas preguntas ha de hacerse, creo, en el terreno de lo que se ha llamado la pugna entre “criollos” y “españoles.”  La queja en torno a una “verdadera nobleza” que se ve opacada por el arribo de una nueva clase oportunista ha de mirarse en función del concepto que tenía el criollo americano de ser verdadero y legítimo descendiente de los conquistadores.  Esto en pugna con los “otros,” a quienes percibía como “nuevos.”  Según Juan Friede y Bernard Lavallé estos ‘chapetones’–los recién llegados–con frecuencia se hallaban “vinculados a la administración, pero bien decididos, siempre, a concretar sus ambiciones, aunque fuese en detrimento de los ‘antiguos’” (Lavallé, “Del ‘espíritu colonial’” 42).

Afternoon - Pedro Lasarte

            El elogio de la “verdadera” nobleza española que residía en el virreinato formaría parte, entonces, de una ‘reivindicación’ criolla, reivindicación de la cual hallamos muchos casos coetáneos a Valle y Caviedes.  Un ejemplo, entre otros, que recuerda la alabanza del poeta, es el del criollo Fray Buenaventura de Salinas y Córdova (1630):  “Los caualleros, y nobles (que son muchos, y de las mas ilustres, y antiguas casas de España) todos son discretos, gallardos, animosos, valientes, y ginetes.  Las mugeres generalmente cortesanas, agudas, hermosas, limpias, y curiosas; y las nobles son con todo estremo piadosas, y muy caritatiuas.  El lenguaje, que comunmente hablan todos, es de lo mas cortado, propio, culto, y elegante, que puede imaginarse” (246).  Tanto Valle y Caviedes como Buenaventura de Salinas, tras la alabanza de una “verdadera nobleza,” coinciden en la denuncia de los “falsos caballeros.”  Como ya hemos visto, la lengua del satírico se afila al hablar de los “caballeros sólo in voce” de Lima, todos los cuales, según el Periquillo, “en esta Babel con sólo / el contacto de la huella, / se constituyen los sastres / en potentados de Grecia; / los galafates, en condes; / duquesas, las taberneras; / en príncipes los arrieros, / y las gorronas, princesas” B 135-42).  En Salinas la sátira es menos directa, pero no deja de serla.  Luego del elogio de la nobleza peruana que acabamos de leer, enaltece a la tierra del Perú, y de paso se mofa de los advenedizos.  La tierra del Perú–según sus ideas–es muy benévola con todos sus nuevos residentes porque “en llegando a Panama, el rio de Chagre, y el mar del Sur los bautiza, y pone vn Don a cada vno:  y en llegando a esta Ciudad de Reyes, todos se visten de seda, decienden de don Pelayo, y de los Godos, y Archigodos, van a Palacio, pretenden rentas, y oficios, y en las Iglesias se afirman en dos colunas, abiertas como el Coloso de Rodas, y mandan dezir Missas por el alma del buen Cid” (246).  Y concluye Salinas con una seria alabanza de la capital:  “en fin todos se hallan en esta Lima  . . .  con satisfacion, y gusto, teniendola en lugar de patria; porque con entrañas de madre piadosissima recibe tantos peregrinos, los sustenta, y enriqueze a todos, dandoles salud, gusto alegría, honra y prouecho” (246).  Vemos así, pues, que los dos autores–Valle y Caviedes y Salinas–comparten cierta posición en torno a los encuentros entre criollos y españoles:  alaban a una “verdadera” nobleza y denigran el oportunismo de los recién llegados.  ¿Hemos, entonces, de asociar al poeta con lo que Lavallé ha llamado el “criollismo militante” de Buenaventura de Salinas? (Las promesas, 134)  Sí y no.  Hay, creo, entre los dos, una interesante e importante diferencia.  La expresión criolla de Buenaventura de Salinas, su defensa del “antiguo” en contraposición al “advenedizo,” se halla argumentada, en parte, por un continuado e hiperbólico encomio de la ciudad de Lima.  Valle y Caviedes, sin embargo, parece atacar a la ciudad.  Exploremos, entonces, un poco más esto.

            Bernard Lavallé en varios estudios ha documentado el proceso de exaltación con el cual fue favorecida la ciudad de Lima, proceso que, según él, a lo largo de la historia peruana, y a expensas del resto del país, desembocaría en cierto “narcisismo limeño.”  La exaltación de la ciudad, nos explica Lavallé, se dio en un principio como expresión de orgullo ante la habilidad de los primeros conquistadores españoles para crear de la “nada” un importante centro urbano y cultural.   Nos recuerda Lavallé, por ejemplo, que Agustín de Zárate y Cieza de León, hacia mediados del siglo XVI, se habrían mostrado muy orgullos de “la más bella realización española del país” (Lavallé, Las promesas 131).  El segundo de estos dos, por ejemplo, afirmaría–exageradamente–que en Lima “hay muy buenas casas y algunas muy galanas con sus torres y terrados y la plaza es grande y las calles anchas y por todas las más de las casas pasan acequias que es no poco contento, del agua dellas se sirven y riegan sus huertas y jardines que son muchos, frescos y deleitosos” (Lavallé, Las promesas 131).  Alabanza muy resuelta que sin embargo debería cotejarse con otros juicios diferentes de la época–quizás más realistas–como los de Fray Diego de Ocaña, para quien hacia 1600, con la excepción de ciertas fiestas religiosas y un buen”mujerío,” la ciudad era más como “una aldea” chismosa que una “corte” (95).

            A principios del siglo XVII, luego de la inicial exaltación de Lima como obra creada de la “nada,” surge lo que Lavallé denomina el “fenómeno criollo” (Las promesas 132), y con él también una defensa del virreinato, y de Lima, pero ahora como respuesta ante una creciente denigración española.  Desde un principio el medio americano se había considerado como inferior al de España y, de acuerdo a las creencias de la época, se pensaba que éste habría tenido un inevitable influjo negativo sobre sus habitantes;  hasta tal punto que “en repetidas ocasiones –todavía a finales del siglo XVII–eminentes ‘especialistas’ españoles se preguntaban sin rodeos si, con el tiempo, bajo los efectos de la naturaleza americana conjugada con condiciones de vida particulares y con influencias astrales específicas, los criollos no vendrían a ser un día semejantes, en todo, a los indios” (Lavallé, Las promesas110).  Ante la amenaza de denigración española, el discurso criollo, con su alabanza del Perú, se convierte entonces en arma de combate.  Fray Buenaventura de Salinas–de quien ya hemos leído una exaltación–dice que Lima ha llegado “a leuantar cabeça entre las mas ilustres ciudades deste nueuo Mundo, y de España, no solo por su fundacion, sino mucho mas por su autoridad, y nobleza” (106); y hace suyas, en traducción, las palabras de un pasajero por Lima, el “ilustrisimo Fr. don Francisco Gonçaga Arçobispo de Mantua:

es tal el temple desta ciudad, tal la serenidad del ayre, la tranquilidad, y amenidad, que apenas tiene igual en todo el mundo …  ni con el demasiado calor del Sol se abrassa en el Verano, ni con los elados frios se entorpece, ni tiembla en el Inuierno; porque las bañan muy agradables, templados, y saludables ayres.  No esta expuesta a las largas, y abundantes aguas pluuiales, que la embaracen.  No la espantan los truenos, ni la hienden los rayos; porque siempre goza de vn cielo tranquilo, y sereno:  donde tambien hallamos aquella calidad de Egypto, que ponderó la escritura (Salinas 106-07).[x]

            La alabanza del ambiente natural de Lima y su alrededores–como el que acabamos de leer–sería, según la interpretación de Lavallé, un lógico paso hacia la alabanza de sus moradores; esto bajo las mismas creencias que habían servido inicialmente para denigrar al americano.  Buenaventura y Salinas parece argüir, entonces, que los habitantes de un lugar perfecto tendrían que ser, a su vez, perfectos (Lavallé, Las promesas 134):  “el natural de la gente comunmente es apacible, y suave: y los que nacen acá son con todo estremo agudos, viuos, sutiles, y profundos en todo genero de ciencias. . .  Y lo que mas admira es, ver quan temprano amanace [sic] a los niños el uso de la razon; y que todos en general salgan de animos tan leuantados, que como sea nacido acá, no ay alguno que se incline a aprender las artes, y los oficios Mecanicos, que sus padres les traxeron de España; y assi no se hallará Criollo çapatero, baurero, herrero, ni pulpero etc. porque este cielo, y clima del Pirú los levanta, y enoblece en animos, y pensamientos” (Salinas 246).  Ahora bien, lo que importa para nuestra comparación es recordar, entonces, que la alabanza de los habitantes del virreinato en Salinas–como en muchos otros criollos similares–se desprende del elogio la ciudad de Lima.[xi]

            La efervescente exaltación por parte de algunos criollos desembocaría así en una suerte de “mitificación” de la ciudad.  Y es sobre esto, creo, sobre la exagerada e hiperbólica representación de Lima, donde pone su ojo satírico Valle y Caviedes.  Este, como hemos visto, comparte las denuncias de los advenedizos y se afilia con las voces de los “antiguos pobladores” o “hijos de la tierra,” pero simultáneamente reconoce, y repudia, la exageración, la  propaganda.  Como buen satírico barroco constantemente busca el desengaño.  Regresemos, entonces, a su “Vieja Curiosidad.”

            A lo largo del diálogo que aquí estudiamos hay numerosas referencias a la procedencia de la exaltación de Lima y sus habitantes.  El elogio, nos dice la vieja, sería producto de algunos “paporretas” que le faltan el respeto con “apócrifas quimeras / de asombros, monstruosidades, / maravillas, conveniencias / . . .  / de regalos y riquezas” (A 78-84).  Y de inmediato quiere poner en tela de juicio lo que comúnmente se oye (o se lee) sobre el placentero y beneficioso clima de la ciudad de los Reyes:  “¿Qué me cuentas del celaje / que, según lo que exageran / sus patricios, el Empíreo / aún no llega a su belleza? (A 97-100).  El Periquillo corrobora las sospechas de la vieja (“del dicho al hecho hubo siempre / muy notable diferencia” A 101-02), y como “bobo” bien sabe de donde vienen tales exageraciones:  ” en cualquier tierra de Babia / suelen mentir sus babiecas” (A 103-04).  Tras la máscara de necio del Periquillo se esconde, entonces, un reconocimiento de la falsificación.  Este parece ser un buen lector de los textos encomiásticos de Lima que circularían “por allí.”  Le advierte a la vieja, con un recuerdo burlesco de la sátira de la descripción poética,  que estos discursos,  “por dar / a sus errores más fuerza, / dirán que el cielo es pintado / sobre cristalino néctar; / que es de tela de cebolla, / bordada de lentejuela” (A 105-10).  Y, autorizado por su conocimiento directo de la verdad, rectifica:  el cielo de Lima, dice, se halla ” las más veces, / cubierto de opaca niebla (A 113-14) y puede “competir al limbo / o apostar con la Noruega” (A 115-16).[xii]

            A pesar de lo que pareciera a primera vista, no es nuestra intención en este estudio poner a Fray Buenaventura de Salinas como referente paródico de Valle y Caviedes.  Salinas, de todos modos–como hemos visto en una nota a pie de página–es sólo una de muchas voces de lo que Lavallé ha denominado la “militancia criolla.”  Pensamos, además, que la obra de Valle y Caviedes en su totalidad muestra una simpatía por las quejas y preocupaciones del criollo.[xiii]  Lo que sí es importante es reconocer que en este diálogo la crítica se dirige más que nada a la exageración de la grandeza de Lima, y en especial a la circulada por medio de la letra escrita.  Aquí, y de paso, entonces, para comprender mejor el texto de Valle y Caviedes, no estaría demás recordar que el influjo, o poder suasorio, de la letra impresa en esa época distaba mucho de lo que suele ser en nuestros días.  Al final del diálogo, después de haber escuchado por parte del Perico una confirmación de sus sospechas, vemos que la vieja, con indignación, renuncia al texto escrito como ilusorio y peligroso:

           Digo que de hoy adelante,
doy por falsas, por siniestras,
por nulas, por atentadas,
por patrañas, por novelas,
a todas y cualesquiera
relaciones o gacetas,
informes o descripciones
a mano escritas o impresas,
maldiciendo a los perjuros
informantes, con aquéllas
que las viejas acostumbran,
y hasta con las de anatema;
y a los tales ateístas,
por incursos en la pena
de falsarios, de embusteros
o de perjuros babiecas. (B 314-29)

            Además de los textos históricos ya vistos, un sumario recorrido por las bibliografías de la época nos muestra que efectivamente el panegírico sí formaba una importante parcela de las publicaciones limeñas.  La Imprenta en Lima y la Biblioteca Hispano-Americana de José Toribio Medina, entre otros manuales bibliográficos, evidencian que la publicación exaltadora de Lima, de sus celebraciones y de sus habitantes–dado el número total de impresos–no era poco común.  Baste aquí sólo una muestra:  hay alabanzas físicas de la ciudad (“Descripcion panegirica / de la fvente qve / en la plaza mayor de Lima, / emporio del Perv . . . Lima, 1651″), exequias y pompas fúnebres que recuerdan algunos de los versos de Valle ya citados(“Oracion / fvnebre / en las exeqvias de la / Señora Doña Ines de Aguirre, / y Cortes. . .  Lima, 1690″) y relaciones encomiásticas de limeños (“Relacion de la calidad, estvdios, y letras / del Doctor Don Fernando de Cartagena Brauo de Peredes, Abogado  . . .   Lima, 1677″ (Medina, La imprenta en Lima 2: 12, 185 y 121)[xiv]  Esto para impresiones.  Habría que reflexionar sobre los encomios manuscritos a los cuales alude el diálogo de Valle y Caviedes.  Posiblemente muchos de ellos–como algunos otros impresos–serían certámenes o cancioneros poéticos.

            En conclusión, parece ser que de las preguntas y respuestas de la Vieja Curiosidad y el Periquillo se destila una interesante matización a la conocida pugna entre “criollos” y  “españoles.”  Como se ha venido reconociendo en los últimos años, la posible identidad del colono no era algo rígido e inmutable.  Este ha definirse como función de las diversas posiciones, a ratos contradictorias, que asumía en su relación con las prácticas socio-económicas y políticas que lo rodeaban.  En el caso de Valle y Caviedes presenciamos a un sujeto colonial cuya denuncia del advenedizo lo sitúa en el campo del criollo, pero no del “militante.”  Su sátira se alía con las críticas hechas a una nueva clase advenediza,  pero a la vez se enfrenta con la falsificación de la realidad por parte de cierto sector criollo.  Su obra matiza así, entonces, lo que en algunos lugares se ha pensado ser una clase homogénea.

                No es fácil, creo, deslindar de la obra del poeta cuáles fueron exactamente sus aliados y cuáles sus antagonistas, o qué comportamientos apreciaba y cuáles le disgustaban, y cuándo.   Lo que sí parece quedar claro es que su obra, como satírica, se preocupa por desmantelar el engaño y la falsificación.  Valle y Caviedes, para recordar el feliz concepto de Angel Rama, habitaba una “ciudad letrada” en la cual una significativa parte del poder se ejercía a través de la letra escrita, forma de control del cual el poeta habría estado muy consciente.[xv]  De allí que su “Vieja Curiosidad” se indignase al contemplar una Lima falsificada por la letra, sea ésta impresa o manuscrita.  La queja parece ser no tanto de la ciudad como de la invención de una Lima ideal utilizada como arma de enfrentamiento entre criollos y “españoles”  Nos gustaría imaginarnos, entonces, que Juan del Valle y Caviedes no sólo era–como se ha dicho muchas veces–un agudo observador de la realidad peruana, sino también un buen lector.


                [i]Hay otra edición, de Luis García Abrines Calvo (Jaén:  Diputación Provincial de Jaén, 1993 y 1994, vols I y II de Obra poética).  Los criterios editoriales de esta edición, sin embargo, no parecen ser consistentes con la práctica establecida.  Nos dice el editor, por ejemplo, que ha llevado a cabo enmiendas cotejando manuscritos, y que le “ha servido de modelo el manuscrito Diente del Parnaso propiedad de la Universidad de Yale, por ser el mejor (o menos malo, hablando con propiedad) y por dicha el más antiguo” (I, 11).  No se elabora, sin embargo, ningún aparato crítico que justifique esa aseveración.

            [ii]Págs. 83-93.  El texto es esencialmente el mismo que reproducen las otras dos ediciones, aunque le faltan tres versos, y a ratos hay diferencias en la identificación del hablante.  Algunos de sus versos difieren también en su orden de disposición.  Todo esto parece ser un mero desliz del editor.

            [iii]Los textos se hallan en las páginas 280-83 y 205-13 de Reedy y las 491-94 y 494-503 de Cáceres et al.  El primero de estos editores transcribe el título del segundo diálogo como “Coloquio . . . a una procesión,” título que Cáceres et al. enmiendan a “Coloquio . . . ante una procesión.”  Ambas ediciones señalan que el primer texto se encuentra en los manuscritos de las Universidades de Kentucky y Yale y también en la Biblioteca Nacional de Lima, y que el segundo se halla en estos mismos tres manuscritos mas los de la Biblioteca Nacional de Madrid y la Universidad de Duke.  Para la referencia exacta de los códices, véase Cáceres et al., págs. 227-43.

            [iv]Para todas nuestras citas de la obra de Valle y Caviedes usamos la edición de Caceres, Cisneros y Lohmann Villena.  Dadas su semejanza y continuidad tratamos a los diálogos como un sólo texto.  Las referencias a los versos del primer diálogo irán acompañadas de la letra A, y las correspondientes al segundo, por la letra B.

            [v]Luis García Abrines-Calvo omite, entre otros poemas, el diálogo de la Vieja y el Periquillo ya que, según él, “el estilo . . .  no es el de Valle y Caviedes” (2: 19).  No parece haber en su edición, sin embargo, ninguna evidencia crítica o textual.

            [vi]El diálogo satírico tiene una larga e importante trayectoria en las literaturas occidentales:  desde la sátira de Menipo (siglo III A.C.), pasando por Luciano, hasta las conocidas imitaciones del siglo de Oro, como el Crotalón de Cristóbal de Villalón.  La figura de Perico, Periquito o Periquillo, es parte de toda una tradición folclórica (v.g. el conocido “Perico de los palotes”); y lo es también la verdad en boca de niños o tontos.  De esto último hay muchos ejemplos en el refranero popular.  Uno de ellos:  “El niño y el orate dicen la veritate” (Cejador y Frauca 3: 94).

            [vii]Nuestra conjetura sobre el interés y curiosidad que habría tenido España, o Europa, por el continente Americano se ve apoyada por los estudios de Bernardo Lavallé (Las promesas 106).  Esto último, sin embargo, se halla ahora algo matizado al descubrirse que había poco material americanista en las bibliotecas peruanas y españolas.  Al respecto véase el importante–y reciente–libro de Teodoro Hampe Martínez, págs.13-14 y 77-78.

            [viii]Véase la edición–y estudio–de Raquel Chang-Rodríguez (139-67).  Ahora hay también que ver el reciente trabajo de Mabel Moraña que versa sobre la identidad criolla en Mogrovejo y que contiene un repaso de la bibliografía más reciente.  Cabe notar que los personajes de La Endiablada, como los de Valle y Caviedes, también son de “acá” y de “allá,” pero inversamente.  El que hace las preguntas, Asmodeo, es el “chapetón” recién llegado, y el que las contesta, Amonio, es un “baquiano.”  El diálogo en el cual a un viajero se le hace preguntas sobre el lugar donde ha estado es parte de una tradición literaria.  Dos ejemplos españoles, entre otros, serían el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma de Alfonso de Valdés y el Viaje de Turquía.En general, para la tradición del diálogo renacentista español, véase Jesús Gómez.  Por otro lado, un ejemplo americano más de la vituperación de la ciudad es el temprano entremés del dominicano Cristóbal de Llerena.  Al respecto véase Julie Greer Johnson, págs. 25-32.

            [ix]Según Raquel Chang-Rodríguez las leyes más estrictas contra la práctica de las “tapadas” fueron promulgadas por Diego Fernández de Córdoba en 1624.  Leyes éstas que aparentemente no tuvieron mayor éxito ya que la moda persistió hasta bien entrado el siglo XIX  (Chang-Rodríguez 144-45).

            [x]Véase también Lavallé, Las promesas, 112-13.

            [xi]Otro elogiador de la capital del virreinato sería el hermano de Fray Buenaventura, F. Diego de Córdoba Salinas, cuya exaltación de Lima en su Teatro de la santa Iglesia metropolitana de los reyes (terminada en 1650), nos recuerda las quejas del diálogo de Valle y Caviedes.  Allí la vieja decía, sarcásticamente, que a Lima la suponían superior a Cairo, Roma, Nápoles, Londres y París (A 13-20).  Curiosamente, Diego de Córdoba dice algo muy semejante, pero sin queja, y con seriedad:  “No tiene Lima que envidiar las glorias de las ciudades antiguas, porque en ella se reconoce la Roma Santa en los templos y divino culto; la Génova soberbia en el garbo y brío de los hombres y mujeres que en ella nacen; Florencia hermosa por la apacibilidad de su Temple; Milán populosa por el concurso de tantas gentes como acuden a ella; Lisboa por su conventos de monjas, música y olores; Venecia rica por las riquezas que produce para España y liberal reparte a todo el mundo; Bolonia pingüe por la abundancia del sustento; Salamanca por su florida universidad, religiones y colegios” (Lavallé, Las promesas 137-38).  El mismo Diego de Córdoba Salinas también alaba a Lima en su Crónica Franciscana.  Se deleita allí en mencionar sus “porcelanas de China, especias de Indias, cristalería tallada en Venecia, alfombras de Turquía . . . las calles anchas y rectas, las aguas cristalinas que brotan de numerosas y bellas fuente de piedra o alabastro . . . jardines cubiertos de flores todo el año,” etc. (Lavallé Las promesas 137).  Otro ejemplo similar también sería Tesoros verdaderos de las Indias en la gran provincia de San Juan Bautista de F. Juan Meléndez (1681), donde leemos que en Lima “las calles son . . .  un tercio más anchas que el famoso corso de  Roma, los palacios . . .  son cuatro veces mas vastos e imponentes que los más importantes de Génova” (Lavallé, Las promesas 139).  Si quisiésemos seguir con más ejemplos podríamos pasar al estudio de José Antonio Mazzotti, quien recoge un número de alabanzas del Perú y Lima.  Entre ellas, por ejemplo, la de la Crónica moralizada de F. Antonio de la Calancha (1638):  “si el Peru es la tierra en que mas igualdad tienen los dias, mas tenplança los tienpos, mas benignidad los ayres i las aguas, el suelo fertil, i el cielo amigable; luego criarà las cosas mas hermosas, i las gentes mas benignas i afables, que Asia i Europa (f. 68)” (Mazzotti 180).  Hay también referencias a Lima como “‘Flor del Perú,’ la ‘Reyna del Nuevo Mundo’ y la ‘Cabeza destos reynos’” en “Barco Centenera en 1602 (f. 212v), Carvajal y Robles en 1632 (f. 1) y Calancha en 1638 (f. 56), respectivamente” (Mazzotti 188-89).  Luego, después de algunas citas del Poema Heroyco Hispano-Latino panegyrico de la Fundación y Grandezas de la muy Noble y Leal Ciudad de Lima (Lima, 1687) del jesuita limeño Rodrigo de Valdés, Mazzotti recoge aun más referencias elogiosas a la capital peruana; entre ellas “‘Reyna entre todas las [ciudades] del Mundo’ (Montalvo: f. 18), ‘Roma del Nuevo Mundo’ (Meléndez: f. 150) y hasta ‘abreuiado cielo’ (Echave y Assu:  f. s. n)” (Mazzotti 186-89).  Los textos estudiados por Mazzotti, además de la Crónica de la Calancha y el poema de Valdés, según su bibliografía, son: Martín Barco Centenera, Argentina y Conquista del Río de la Plata. . .  (Lisboa, 1602); Rodrigo de Carvajal y Robles, Fiestas que celebró la Ciudad de los Reyes del Piru al nacimiento del sernissimo Principe don Baltasar Carlos de Austria . . . (Lima, 1632); Francisco Antonio de Montalvo, El sol del nuevo mundo . . .(Roma, 1638); Juan Melendez, Tesoros verdaderos de las Yndias en la Historia de la Gran Prouincia de Suan Iuan Bautista de el Peru . . . (Roma, 1681); Francisco Echave y Assu, La estrella de Lima convertida en sol . . . (Amberes, 1688).

            [xii]Hay que reproducir aquí algunas otras palabras del ya mencionado viajero por Lima, Fray Diego de Ocaña:  “El invierno en esta ciudad es un tiempo muy triste, no frío sino templado; pero tiempo que causa mucha melancolía porque acontece no ver el sol en todo el mes y en toda la semana, y está de continuo el cielo como con un toldo de niebla que entristece mucho y causa enfermedades” (94).

            [xiii]Valle y Caviedes nació en Jaén, España, en 1645, pero pasó a América de temprana edad (Valle y Caviedes, eds. Cáceres et al.  22-23).  Dada su permanencia en Lima creemos que habría vivido y compartido los sentimientos del criollo peruano. Para el caso habría que recordar algunas palabras de Jacques Lafaye, para quien “lo que definía al criollo, más que el lugar de su nacimiento, era el conocimiento del país y sobre todo la adhesión a un ética colonial de la sociedad” (Lavallé, “Del espíritu colonial” 41).

            [xiv]Curiosamente, un repaso a la Biblioteca Hispano-Americana, que recoge las publicaciones españolas tocantes a América, muestra que entre los años 1677 y 1700 la publicación de relaciones de servicios en América se multiplica en forma notoria (véase Medina, Biblioteca Hispano-Americana, 3: 242-445).  Aunque una aproximación detenida, y certera, a estos escritos de la época está fuera del alcance y posibilidades de este estudio, no está demás considerar que tal aproximación recaería, creo, sobre un complejo e importante campo de investigación que todavía está por explorarse más a fondo, el de la difusión de textos y la lectura en los siglos coloniales del Perú.  Al respecto, además de la obra de Irving Leonard, la excepción es ahora el mencionado libro de Teodoro Hampe Martínez.

            [xv]Como bien nos recuerda Rolena Adorno, “through the use of the image of the city, in its original form as idea and ideal, Rama examines the relationship of power and knowledge in the segment of society that was literate in order to illustrate the instrumentalization of power through the hegemonic minorities who monopolized the written and printed word. . . .  Rama’s work allows us to postulate the relationship between literary production, publication histories, and the attainment and maintenance of power in colonial society” (“Colonial Spanish American Studies,” 171).  Y también, en otro lugar:  “el concepto de la ciudad letrada se refiere a un conjunto de prácticas y de mentalidades que no formaban un sólo discurso ideológico, sino que eran polivocales.  El acceso a la imprenta fue precisamente el fenómeno que hizo imposible la creación del discurso univocal; la reacción de ciertos letrados al nuevo invento atestigua que el entusiasmo por la diseminación de información e ideas estaba atenuado por la preocupación por el control de ellas” (‘La ciudad letrada,’ 4).  El título del libro de Angel Rama es La ciudad letrada.

Obras Citadas

Adorno, Rolena. “La ciudad letrada y los discursos coloniales.”  Hispamérica, 48 (1987), 3-24.

“Colonial Spanish American Literary Studies:  1982-1992.”  Revista   Interamericana de Bibliografía.  Inter American Review of   Bibliography, 38 (1988), 167-76.

Cejador y Frauca, Julio. Refranero Castellano.  3 vols.  Madrid:  Hernando, 1928- 29.

Chang-Rodríguez, Raquel.  El discurso disidente: Ensayos de literatura colonial peruana.  Lima:  Pontificia Universidad Católica del Perú, 1991.

Gómez, Jesús.  El diálogo en el renacimiento español.  Madrid:  Cátedra, 1988.

Hampe Martínez, Teodoro.  Bibliotecas privadas en el mundo colonial.  La difusión de libros e ideas en el virreinato del Perú (siglos XVI-VII).  Madrid:  Iberoamericana, 1996.

Iñigo Madrigal, Luis, ed.  “‘Descripción de las grandezas de Santiago de Chile’    (un oema del XVIII, deudor de Caviedes).  Estudio, transcripción y notas.”  Anales de Literatura Hispanoamericana 23 (1994): 153-219.

Johnson, Julie Greer.  Satire in Colonial Spanish America.  Austin:  University     of Texas Press, 1993.

Lavallé, Bernard.  “Del ‘espíritu colonial’ a la reivindicación criolla o los albores del criollismo peruano.” Histórica 2 (1978): 39-61.

Las promesas ambiguas.  Ensayos sobre el criollismo colonial en los Andes. Lima:  Pontificia Universidad Católica del Perú, 1993.

Leonard, Irving.  Books of the Brave.  Berkeley : University of California Press, 1992.

Mazzotti, José Antonio.  “La heterogeneidad colonial peruana y la construcción   del discurso criollo en el siglo XVII.”  Asedios a la heterogeneidad cultural.  Libro de homenaje a Antonio Cornejo Polar.  Coord. José Antonio Mazzotti y Juan Zevallos Aguilar.  Philadelphia:  Asociación Internacional de Peruanistas, 1996.  173-96.

Medina, José Toribio.  Biblioteca Hispano-Americana (1493-1810).  7 vols. Amsterdam:  N. Israel, 1962.

La imprenta en Lima 1584-1824.  4 vols.  Amsterdam: N. Israel, 1965.

Moraña, Mabel.  “La Endiablada, de Juan Mogrovejo de la Cerda:  testimonio satírico-burlesco sobre la perversión de la utopía.”  Revista      Iberoamericana, 61 (1995), 555-72.

Ocaña, Fray diego de.  Un viaje fascinante por la América hispana del siglo XVI.  Ed. Fray Arturo Alvarez.  Madrid:  Stvdivm, 1969.

Rama, Angel.  La ciudad letrada.  Hanover:  Ediciones del Norte, 1984.

Salinas y Córdova, Fray Buenaventura de.  Memorial de las historias del nuevo mundo Piru (1630).  Lima: Universidad Mayor de San Marcos, 1957.

Valle y Caviedes, Juan del.  Obra completa.  Eds. María Leticia Cáceres, A.C.I., Luis Jaime Cisneros y Guillermo Lohmann Villena.  Lima:  Banco de Crédito del Perú, 1990.

Obra completa.  Ed. Daniel Reedy.  Caracas:  Biblioteca Ayacucho, 1984.

Obra poética.  Ed. Luis García Abrines Calvo.  Jaén:  Diputación Provincial de Jaén. 2 vols, 1993 y 1994.

Obras.  Ed. Rubén Vargas Ugarte, S.J.  Lima: Tipografía Peruana, S.A., 1947.

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Pedro Lasarte
Universidad de Boston

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Retratos misóginos en el barroco de Juan del Valle y Caviedes

Pedro Lasarte

             Es algo muy conocido que la poesía satírica del poeta del virreinato del Perú, Juan del Valle y Caviedes, al pasar revista burlesca a toda una gama de tipos y profesiones entrelaza las convenciones del género satírico con algunos referentes específicos de su Lima de fines del siglo diecisiete.  Se ha dicho reiteradamente que sus blancos favoritos fueron los médicos de la capital virreinal; y no sin menos insistencia, también las mujeres, sobre todo en su creación de retratos grotescos:  parodia ésta de la tradición cortesana y algo común dentro de las preferencias del barroco, tanto español como americano.  Lo curioso, sin embargo, es que aunque mucho se ha escrito sobre la sátira de la medicina en Valle y Caviedes, poco se ha dicho sobre su vituperación de las mujeres.  En esta breve ponencia quisiera, entonces, adelantar algunas ideas al respecto.

Se ha insinuado que las quejas del poeta obedecen a la poca (o a la mucha) suerte que tuvo en los juegos del amor, pero lo más común ha sido pensar su misoginia como parte de una larga tradición literaria de la literatura europea. Esta explicación es sin duda certera: Valle y Caviedes imita una tradición, pero me pregunto si esta explicación por sí sola es suficiente.  Habría que recordar la muy citada sugerencia de Howard Bloch, para quien el acudir meramente a la tradición para explicar la misoginia es naturalizar o “universalizar” el antifeminismo, y así, aunque sin proponérselo, contribuir a su perpetuación.   Mi intención en estos breves minutos es, entonces, explorar cómo la tradición misógina que imita Valle y Caviedes se nutre simultáneamente de un contenido suplementario que tiene que ver con el barroco y con su contexto americano; es decir, en última instancia leer su poesía no sólo como imitación literaria o creación estética sino también como discurso cultural.  Quizás podríamos hablar de historizar, o contextualizar, la tradición misóginia y así contribuir al reconocimiento de su carácter contingente y no esencial.

A lo largo de su obra, Valle y Caviedes reitera una muy conocida asociación entre la práctica satírica y la médica. En cierto momento, por ejemplo, asevera que “más médico es mi tratado / que ellos, pues, si bien lo miras, / divierte, que es un remedio.” Se ha sugerido, entonces, que uno de los deseos de la obra de Valle y Caviedes es el de de exponer y curar una variedad de males sociales, como el oportunismo, la envidia, la falsa pretensión, el engaño, la avaricia, etc.; pero también habría que añadir a esta lista los males comúnmente asociados con los enredos amorosos, entre ellos el conocido mal “hereos,” para el cual una cura, se ha visto desde la antigüedad, fue una muy misógina vituperación de la mujer (sólo basta pensar en Ovidio o Andrea Capellanus).  Cabe mencionar que éste es un asunto que ha sido estudiado para el caso de algunos autores medievales, como, por ejemplo, el Arcipreste de Talavera. Lo que yo quisiera es ampliar un poco estos parámetros de la  misoginia para incluir en ella la presencia de la sífilis, o mal de bubas, la cual se menciona por vez primera en Europa hacia 1494 y que por lo tanto no pudo ser parte de un discurso antifeminista como el del Arcipreste de Talavera. En 1495, Francisco López de Villalobos, en su Sumario de la medicina con un tratado sobre las pestíferas bubas, repetía los conocidos preceptos sobre el mal de amores que padecían los hombres, y aconsejaba apartarse de la mujer “como en pestilencia / se apartan los hombres del aire dañado.”   Y sobre el mal de bubas le advierte al lector que la enfermedad deviene de la “flaqueza en los cuerpos, de usar con mujer,” y recomienda que el afectado “huya de mujeres y mal pensamiento.”  Cabe notar que la sífilis también pasó a ser propiedad de las preferencias barrocas; ésto por su inclinación hacia la descripción grotesco-escatológica.  Abundan ejemplos de los estragos físicos del mal de bubas, tanto en autores ascético-moralistas como en satíricos, y entre ellos se halla nuestro Valle y Caviedes.  Lo que quisiera sugerir es que dado el deseo curativo de su obra, la reiterada descripción barroca, simultáneamente cómica y monstruosa, de los posibles efectos del amor carnal, tienen el propósito de moralizar y así ofrecer una cura social.   Un dato importante que corrobora la relación que quiero establecer entre las descripciones de la sífilis y el discurso misógino de Valle y Caviedes es que en toda su obra los efectos de la enfermedad se narran en detalle sólo para el caso de las mujeres.  El cuerpo femenino es, en cierto sentido, el espacio en el cual se escriben los peligros físicos del amor sexual para los hombres.

Veamos, entonces, un poema cuyo título, “A una dama que por serlo paró en la caridad,” juega con la facilidad de la entrega sexual y el conocido Hospital de la Caridad en Lima.  La referencia a “dama” ha de ser, casi seguro, a la prostituta, aunque el vocablo, en germanía, también significó “concubina.” El poema pasa revista a conocidísimos tópicos sobre la promiscuidad, con giros de ingenioso conceptismo.  En dos de las muchas estrofas en las cuales se describen los daños físicos causados por el mal de bubas, el poema se enfoca en los ojos y la boca de la dama, instrumento corporal este último de importancia para el encuentro y goce sexual, y uno de los blancos favoritos de la sátira de Valle y Caviedes (recordemos que en su obra las mujeres son, ademas, pedigüeñas, comilonas, habladoras, etc., vicios o comportamientos todos asociados con la boca).  En este poema leemos que la enferma, ya postrada en el hospital,

De su estrella se lamenta
porque en luceros peligra.
si cuanto causó la Venus
con el mercurio no quitan.

El juego conceptista de estos versos conjuga ecos de las reiteradas metáforas celestiales de la descripción fememina con referencias relacionadas a la sexualidad.  Que la mujer se lamente de su “estrella” tiene varias lecturas que merecen ser vistas de cerca.  Por un lado se trata de una queja de su suerte, en términos de la muy conocida asociación entre el destino y los astros, pero la queja a la vez conlleva una alusión jocosa a la divulgada idea que el contagio del mal venéreo, como el de muchas otras plagas, tenía que ver con la astrología.  El mismo Francisco López de Villalobos, en su tratado sobre las bubas, nos recordaba una tradición muy aceptada:

Astrólogos dicen que por conjunción
De Saturno y Marte, el tal daño ha sido.
Saturno es señor de la adusta pasión,
Y Marte, de los miembros de la generación
Por donde este mal en el comienzo ha venido

Por otro lado, la estrella de la cual se queja la mujer es también una referencia directa a la llaga sifilítica, uso que hallamos, por ejemplo, en La Lozana Andaluza de Francisco Delicado.  Pero a la vez esta estrella, o llaga, ha de asociarse, paródicamente, con el ojo infectado de la mujer.  La estrella o astro era metáfora común para referirse, elogiosamente al ojo de la mujer.

Ahora, ese verso nos dice que la dama “de su estrella se lamenta.”   Debemos notar que según el Diccionario de Autoridades  el lamentarse causa “llantos y sollozos,” connotación que nos conduce a visualizar una imagen de agudeza grotesca: la lágrima del lamento se convierte en drenaje de materia infecciosa ya que el ojo se halla comprometido por el mal de bubas, algo no poco común. Esta infección de la mujer se acentúa en los siguientes versos ya que ella, vemos, “peligra de luceros.”  En germanía, según Alonso Hernández, “lucero,” era metáfora para “ojos.”  Se vislumbra, entonces, una posible ceguera, ceguera que a la vez, podríamos conjeturar, encierra cierto comentario de orden moral ya que la dama es servidora de Venus, diosa del Amor.

El poema, en la siguiente estrofa, incrementa su sentido tremendista, por así llamarlo.  Se nos dice, ingeniosa, pero repulsivamente, que la “dama”

Como gusanos de seda
babas por la boca hila,
que el andar con los capullos
no ha olvidado todavía.

No me detendré en detalles: solo basta señalar la grotesca y muy sugerente apertura metafórica que conjuga los gusanos de la muerte con el deseo de renovación o metamorfosis de la dama.  Las  babas que “hilan” su boca se ven como gusanos de seda.  Boca, sin embargo, que a pesar de la enfermedad sigue deseando el andar con los capullos, imagen esta última de connotaciones sobre la sexualidad oral. La boca se presenta, entonces, todavía como posible vehículo de contagio y propagación del mal.

Dadas las limitaciones del tiempo no puedo detenerme más en el ingenioso conceptismo de Valle y Caviedes.  Debo pasar ahora a ver cómo estas descripciones, de reconocible misoginia, se sitúan dentro de la ideología colonial del virreinato del Perú.  El poema ha hecho referencias a una de las dos curaciones más comunes para la enfermedad venérea, la del uso de frotaciones de mercurio o azogue. Pero hay que ver que esta referencia se intersecta con cierta observación sobre la riqueza mineral del Perú.  Sobre la posible cura de la dama leemos ahora:

 A puro azogue, presume,
la tienen de volver piña
. .  .
De andar el azogue en ella
tiene la culpa su mina
la cual tiene más estacas
que todas las de las Indias

El azogue, conjetura la dama, podría remozarla, convertirla nuevamente en una fruta fresca, en una “piña,” fruta sin duda muy apetitosa, pero que, recordemos, se halla cubierta de espinas, y fruta que a la vez nos recuerda visualmente los efectos del mal de bubas.  Más importante, sin embargo, es que es una fruta de marcada asociación con la naturaleza oriunda a América; fruta bautizada y alabada por Fernández de Oviedo.Pero este vocablo, el de “piña,” en el lenguaje de la minería era a su vez la plata pura depurada por el azogue. Hay, entonces, una mueca jocosa hacia la “pureza” de la dama, pero con un cruce semántico entre la sexualidad de ella y la naturaleza americana, cruce importante ya que se reitera en el siguiente verso, donde leemos que la dama en “su mina” tiene “más estacas que todas las de las Indias.”   Aquí, el tener estacas es una alusión sexual que a la vez refiere a la seña o marca de la enfermedad; pero hay que notar que el vocablo “estaca” era también la marca que indicaba la presencia de una  mina. La abundancia de estacas denotaba la riqueza mineral del nuevo mundo (y, en este caso, también las ganancias de la mujer adquiridas a través de su “mina” corporal o sexual).  Sobre el cuerpo de la dama se escriben y se inscriben, entonces, las enfermedades y las riquezas americanas.  Se va visualizando así una suerte de analogía burlesca entre el mal venéreo, con todas sus connotaciones misóginas, y las abundantes venas minerales del Perú.

No sorprende que esta relación se desarrolle en más detalle en los siguientes versos, donde leemos, sobre la dama:

Venganza es de las estafas,
si a sus amantes decía:
“El alma-den,” cuyo azogue
le vengó Huancavelica

En esta estrofa hay una referencia jocosa y polisémica, pero inequívoca, al mercurio extraído de las minas de Huancavelica.   La dama es culpable de estafar a sus amantes al decirles “el alma den,” es decir, hacerle gastar cuanto tengan.(1)  Pero “dar el alma” tiene también otros posibles referentes a los efectos nocivos de la actividad sexual. “Entregar el alma” podría significar también el perderla en un desvío moral, o incluso aun más, morir como resultado del contagio de la enfermedad venérea.(2)

Ahora, la expresión “alma den” refiere también a un conocido tópico que asociaba la codicia con la riqueza material; es decir, a la explotación del cuerpo natural de América y sus ricas minas de Huancavelica, las cuales, dice el poema, vengaron, o “sobrepasaron” a las conocidas y muy productivas vetas españolas en Almadén.(3) Y, como nos ha mostrado Guillermo Lohmann Villena, las minas de Huancavelica dieron lugar a un sinfín de irregularidades financieras y comercios clandestinos; es decir, literalmente a las estafas a las cuales se refiere el poema. (4) Este parece reflexionar, entonces, sobre las ideas divulgadas en la época sobre el influjo nocivo de las riquezas americanas, asociadas con la codicia, ideas que hallamos, por ejemplo entre muchos otros, en Pérez de Oliva, Ercilla, Gongora o Quevedo.[v] En el poema la promiscuidad y la codicia entrelazan, entonces, dos referentes americanos: sus metales y sus mujeres, ambos con una connotación negativa.

Lo que quisiera ahora es sugerir que tras los lugares comunes en torno a la descripcion grotesca de la mujer aquejada de bubas, el poema de Valle y Caviedes se muestra consciente, y quizás satiriza, ciertas ideas de orden denigratorio sobre el continente americano, entre ellas que la enfermedad venérea de la dama, su destino funesto, se hallaría directamente relacionado a su subjetividad americana.  A la estrofa ya vista sobre el azogue de Huancavelica, se añade que la dama

 . . .  tiene un mal francés
tan hijo de estas provincias
que es nacido en la ciudad
que llaman de Picardía

Estos versos aluden al conocido debate en torno al origen de la sífilis.  ¿Fue traída al nuevo mundo por los europeos, o fue llevada al viejo mundo por los tripulantes de Colón?  Curiosamente, el mismo Fernández de Oviedo ya citado había sido uno de los primeros en situar el origen de esta enfermedad en el continente americano. Y hay que ver que en los años que vivió Valle y Caviedes la idea que en América existía una predisposición hacia el mal de bubas se había convertido en lugar común.  En 1612, por ejemplo, el dominico Juan de la Puente, repetía un sentimiento científico bastante divulgado, sentimiento, dicho sea de paso, que nos recuerda la mala estrella de la dama del poema de Valle y Caviedes.  Nos dice Juan de la Puente que las constelaciones de América inducen inconstancia, lascivia y mentiras: vicios característicos de los indios y que las estrellas convierten en características de los españoles que nacen y viven aquí.  Es notoria, entonces, la relación entre el poema de Valle y Caviedes y las creencias sobre el influjo de las constelaciones sobre la suerte del peninsular en América.  Podríamos decir que el poema connota que la estrella de la dama, su mala suerte de caer en la enfermedad venérea se debe, en parte, a su contacto con la tierra americana, lugar en el que, se decía, había nacido el mal de bubas.
Atemos, entonces, algunas de las reflexiones llevadas a cabo en esta breve presentación.  Hemos visto que Valle y Caviedes imaginó su sátira como una forma de medicina, y hemos sugerido también que para prevenir contra la  llamada plaga del mal de bubas hace uso de la descripción grotesca de la mujer. A la vez, sin embargo, se contextualiza satíricamente esta tradición literaria y misógina dentro de un marco cultural que informaba el imaginario europeo de su época; es decir, se acude a las conocidas denigraciones del nuevo mundo.  Muy significativamente, el poema nos entrega la referencia al origen de la sífilis como paradoja  al hablarse del “mal francés” como “hijo de estas provincias” y al decir que “es nacido en la ciudad que llaman de Picardía;” es decir, Lima:  paradoja que refleja la conflictiva subjetividad americana de la época.   El mal de bubas es llamado mal francés, pero es nacido en Lima.  La mitificación negativa de las provincias americanas como lugar de licencia sexual y de promiscuidad económica recontextualiza una tradición misógina para participar en la naciente imagen de la naturaleza americana como gestadora de nuestros males.  Habría que pensar en invenciones culturales como las de la Malinche o Doña Bárbara, quienes ejemplifican una negatividad americana que han servido, hasta recientemente, para explicar muchos de nuestros problemas sociales.    Valle y Caviedes es partícipe de una tradición misógina, pero su ojo de cronista satírico de la sociedad virreinal nos entrega una perspectiva con la cual podemos destapar las inquietudes de una sociedad española que a fines del siglo diecisiete empezaba a reconocer su compleja y problemática relación con la llamada “madre patria.”   Al leer su poesía no solo en su valorización estética, sino como discurso cultural, las sufridas e infecciosas “damas” de la poesía de Valle y Caviedes  nos permiten visualizar algunas de la muchas fisuras y contradicciones sociales que se daban en los virreinatos del nuevo mundo.  Las damas sin duda perpetúan la lamentable tradición misógina de la literatura española, pero a la vez le sirven al poeta para reconocer o quizás cuestionar algunas de las invenciones sobre América que formaban parte del imaginario cultural europeo de finales del siglo diecisiete, algo que a la vez nos permite a  nosotros subrayar el carácter histórico y no natural de la vituperación de la mujer en la cultura occidental


(1) Estafa también conlleva una alusión sexual ya que era el “estribo del jinete.
(2) Y estos peligros resultan de solicitar el alma en su sentido erótico ya que el vocablo “alma” era también “lo que se mete en el hueco de algunas piezas de poca consistencia para darles fuerza y solidez.”
3) La gran riqueza metálica de la colonizacion hispanoamericana provino fundamentalmente de las vetas de plata descubiertas en las montañas de Mexico y el Peru.  El mercurio extraido de Huancavelica contribuyo a reforzar el valor metalúrgico de área hispanoamericana.”  Estafa también conlleva una alusión sexual ya que era el “estribo del jinete.”
(4) Curiosamente, en estos enredos se habría hallado involucrado, aunque luego absuelto, un tío del poeta, don Tomás Berjón de Caviedes, Oidor de la Audiencia de Lima.
(5) Riqueza que sin duda atrajo mucho pasajero y comerciante, tanta para con las minas metalúrgicas como las sexuales.   Entre las quejas se halla, solo a modo de ejemplo, las de Fernán Perez de Oliva, Ercilla, Gongora y Quevedo.  Curiosamente, en la referencia al azogue o mercurio también podria haber ecos de la a asociacion entre el dios Mercurio y el comercio y el robo.

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Pedro Lasarte
Universidad de Boston

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Un saludo estimados lectores, he creado este Blog dentro de mi sitio web para presentarme y compartirles información acerca de mi trabajo sobre Literatura Virreinal del Perú, pensamientos poéticos y diversos temas acerca de Literatura Latinoamericana.

Gracias por seguir mi sitio web, les invito a escribirme y enviarme sugerencias.

Atentamente:
Pedro Lasarte.