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La Lima de Mateo Rosas de Oquendo – MLA Convention 2000

Hacia principios del siglo XVII, el llamado “Judío Portugués,” presunto autor de la anónima Descripción general del reino del Perú, al dar noticias sobre la ciudad de Lima las prologa con una referencia directa y solemne a los centros del poder virreinal:  “La ciudad de los Reyes es cabeza de todo el reino del Perú, y es asiento y corte de visoreyes, aquí está la Audiencia Real y aquí vive el arzobispo, que es arzobispado grande y rico,” y luego añade (recordemos que se conjetura que era judío):  “aquí esta la Inquisición tan temida y aborrecida de todas las gentes”(32).  Este transeúnte de Lima, si bien reconoce que en la ciudad hay, según sus palabras, “gran variedad entre [la] . . . gente” (71) parece detenerse con mayor atención sobre lo que él llama la pretensión, la codicia, la ociosidad y la sensualidad de los limeños.  Nos amonesta, por ejemplo, que éstos  son “soberbios, jactanciosos, précianse de que descienden de grande nobleza y que son hidalgos de solar conocido.  Es tanta su locura, que el que en España fue pobre oficial, en pasando del polo ártico al antártico luego le crecen los pensamientos y le parece que merece por su linaje juntarse con los mejores de la tierra.  Y por esta razón y locura que en sí conciben dan muchos en perdidos, sin se querer sujetar al trabajo” (68)  Y luego, el “Judío Portugués” termina su aproximación a la capital virreinal con una generalización sentenciosa sobre el nuevo mundo como lugar especialmente marcado por la mutabilidad terrenal:  “todas las cosas en las Indias son variables, no hay cosa firme ni estable en ellas, sólo Dios es firme y su palabra verdad” (76).  Es decir una realidad que ha de ser rigurosamente sujeta a las reglas del estado y las palabras de la Santa Iglesia.

Obra de arte - Pedro Lasarte

            Esta narración histórica del “Judío Portugués” pertenece a un tipo de descripción cronística, muchas de ellas hechas por viajeros, que si bien se han leído por su carácter documental, no dejan de formar parte de una ideología, o de un proceso ideológico.  Pero abordar el texto de este cronista no es mi tarea aquí.  Más bien lo que propongo es tener en mente este tipo de texto histórico-descriptivo, y crítico, de la ciudad de Lima, para desde él analizar otro tipo de descripción, la perteneciente a la sátira literaria, específicamente en este caso la Sátira a las cosas que pasan en el Pirú, año de 1598 de Mateo Rosas de Oquendo.

            En el contexto del tema general de esta sesión, el de “espacio urbano y subjetividad en la Hispanoamérica colonial,” propongo, entonces, ampliar algunas de las ideas que en otros lugares ya he expuesto sobre este romance burlesco de Mateo Rosas de Oquendo, sobre todo en torno a la composición de su narrador satírico.  Bien mirado, el poema asume una posición crítica que podría recordarnos algunos de los momentos más denigratorios que se pueden ver en la obra del “Judío Portugués”–o en crónicas similares.  Pero hay una gran diferencia, diferencia que reside en la naturaleza literaria del texto de Rosas de Oquendo.  No pretendo diferenciar en un sentido tradicional obra histórica de obra poética–ambas son textualizaciones de la realidad, y ambas se hallan informadas por un número de prácticas discursivas que componen la ideología colonial peruana.  Pero en el caso del poema de Rosas, la representación de Lima se halla suplementada, o enriquecida, por la intersección del referente o discurso histórico con las preferencias literarias del barroco y la carnavalización, creándose así una interesante relación entre espacio subjetivo (el narrador), espacio textual (el poema) y espacio urbano (la representación de la ciudad), intersección discursiva que rebosa las posibilidades descriptivas de una crónica como la del Judío Portugués.  Veamos.

            El poema de Rosas de Oquendo empieza como un testamento o carta de despedida de su narrador, quien se alista para zarpar los mares y abandonar el virreinato del Perú; y luego, rápidamente, pasa a ser un sermón dirigido a la plaza pública en el cual se denuncian un sinnúmero de vicios y costumbres de la Lima virreinal–denuncia que a ratos tiene una gran coincidencia con las quejas del “Judío Portugués”.  Pero lo que llama la atención es que a lo largo del poema hay una interesante identificación entre el narrador y su texto.  Desde el principio del sermón el sujeto satírico anuncia su inserción personal y directa en el mundo que va a representar:  “¡O qué de cosas e bisto, / si todas an de contarse, / en este mar de miserias / a do pretendo arroxarme!” (vv. 107-10).  De modo semejante, la conclusión del poema también retoma y reitera una relación sujeto narrativo-texto.  Al despedirse del poema, del Perú y del mundo, el narrador dice:

 .  .  .  mirando mi persona
de la manera que sale,
. . .
soltando al viento la bela,
diré Rrequiezcat in paze  (2113-20, subrayado mío).

Que el narrador, al concluir su texto, diga que mira a su persona y “la manera que sale”–o “concluye”– es de interés para nosotros:  el vocablo persona, se deriva de Phersu–nombre hallado en un tumba romana al lado de un hombre enmascarado–y es así que llegó a tener un contenido semántico de máscara (Eliott 20).   Pero el vocablo persona también significó cuerpo  y cuerpo era a su vez (cito de Autoridades) “los tomos ò volúmenes que componen una librería”.  Según estas connotaciones, la palabra persona, sobre la cual se detiene el narrador, refiere, conscientemente, a las variadas máscaras–de filiación carnavalesca, si se quiere–que asume éste a lo largo de su poema.  Se verá a continuación que a diferencia de la voz supuestamente unívoca del “Judío Portugués,” el narrador satírico del poema de Rosas de Oquendo  se descompone en un controvertido número de máscaras o posiciones morales (a ratos a favor del bien, a ratos a favor del vicio), máscaras que corresponderían a las variadas voces que informaban el cuerpo social de la urbe limeña y que él, es decir, el narrador, representa en su poema.

            Las palabras del “Judío Portugués,” recordemos, nos habían situado en las afueras de los centros del poder de Lima, como observadores distanciados y quizás temerosos de esas estructuras–físicas y sociales–de imposible acceso o penetración (vuelvo a citar: “aquí esta la corte de visoreyes y aquí está la Audiencia Real y aquí vive el arzobispo, que es arzobispado grande y rico,” y “aquí esta la Inquisición tan temida y aborrecida de todas las gentes “).  Esta actitud de distancia y respeto enfatiza la solidez de las estructuras del poder que según el cronista habrían de controlar la vida de Lima, y con las cuales él parece querer asociarse.  Y estas estructuras nos recuerdan lo que, en contraposición a la “ciudad real,” llego a llamar Angel Rama la “ciudad letrada.”   Pero ¿cuál es la representación–y actitud–que se tiene ante estos centros del poder en la Sátira de Rosas de Oquendo?  Veremos que el narrador de su poema, a través de sus gesticulaciones e imposturas–a diferencia del “Judío Portugués”–logrará darnos una visión desde dentro–y subversiva, si se quiere–de esas estructuras rígidas del poder, quizás permitiéndonos observar la “ciudad real,” siempre en movimiento y construcción.

            Dadas las limitaciones de tiempo, veamos ahora sólo dos casos, de muchos, que parecen ejemplificar la capacidad del poema para penetrar los muros de la institución colonial.  Al principio de la Sátira (que recordemos en una de sus filiaciones genéricas es una confesión expiatoria de pecados), el narrador relata que en un pasado no muy remoto, bajo el nombre de Juan Sánchez, para alcanzar “cosas grandes” (es decir, ampliar su conocimiento) él había oído “un curso de artes” y aprendido la “nigromancia”   Pero ahora, con el “pie en el estribo,” reniega ese pasado pecaminoso y aclara:

Yo del rretablo del mundo
adoré la falssa ymagen,
y aunque le di la rrodilla
y le ofresí basallaje,
ya con las aguas del sielo
boy xauonando su almagre (1967-72).

Asimismo, en otro momento nos dice que el que quiera adquirir conocimiento verdadero  ha de encomendarse a Dios, “que lo demás es disparate” (1247-48).   Vemos, entonces, que el sujeto satírico, adquiriendo la voz–o asumiendo la máscara–del abjurado, se conforma a las prescripciones del comportamiento deseado por la Santa Sede–algo que bien podría recordarnos la reverencia, el respeto y quizás el miedo expresado por el “Judío Portugués.”  Pero hay que ver que la filiación carnavalesca del poema de Rosas de Oquendo le permite, de una manera muy interesante, desestabilizar jocosa y veladamente esas estructuras de control impuestas por el orden colonial.

             El narrador, al rememorar algunas de sus muchas andanzas por el virreinato del Perú, nos dice que en cierto momento “consideró las estrellas”  y que “desentrañó minerales”  (2013-14).  ¿A qué se refiere?    El Diccionario de autoridades nos dice que “tomar la estrella” era “frase nautica que vale reconocer y ver la altura por la balestilla, con el norte.”  Si reconocemos que la navegación formaba parte de las experiencias de todos los primeros pobladores españoles, es entonces una referencia a la travesía marítima.  Por otro lado, el “desentrañar minerales” sería una referencia a una de las actividades más importantes y lucrativas del virreinato del Perú, la de la minería.  Pero esto no es todo:  el texto de Rosas, como a lo que se vería obligado un practicante de actividades perseguidas por la inquisición, esconde una realidad clandestina de la vida limeña: el “considerar las estrellas” habría de entenderse también como la astrología judiciaria, y el “desentrañar minerales” como la lecanomancia o lectura de las piedras para predecir el futuro–ambas prácticas notoriamente perseguidas por la inquisición como formas diabólicas de conocimiento.

            De modo muy semejante, el narrador, después de enfatizar su arrepentimiento por un pasado libertino y asegurarnos que su predilección por las mujeres es ya un vicio abandonado, se dirige a las limeñas para advertirles–con voz tópica, y típica, de la misoginia– que su experiencia le ha llevado a reconocer el engaño y la mentira con que ellas operan en la vida diaria:

.  .  .   comigo
lo mexor es amistades
que beo debajo del agua
y soy pescador de bagres,
y entre sus Zaidas y Floras
no ay encanto que me encante (453-62, subrayado mío).

En estos versos el narrador expresa metafóricamente su capacidad para descubrir los engaños femeninos:  él puede ver debajo del agua (es decir, debajo de la apariencia).  Pero nuevamente el texto sugiere otra lectura que se relaciona a las prácticas prohibidas del narrador.  El “ver debajo del agua” ha de ser una referencia velada a la de hidromancia, o predicción del futuro por medio de la lectura del agua–ejercicio sobrenatural igualmente perseguido por la Inquisición.   Pero pasemos ahora a un último ejemplo.

            Durante una de sus muchas quejas ante las falsas pretensiones y pedidos de los apegados a la corte–tópico literario predilecto de la sátira de su época– el narrador satírico, vestido ahora de cortesano, nos dice con una risa burlona:

Maquinan torres de viento,
consiben mil nesedades,
vno pide situasiones,
el otro pide eredades,
el otro rrepartimientos. (1595-99)

Y añade:

Muerto yo por estas cosas,
gusto de oir sus dislates
y ber vn mapa confuso
en manos destos orates (699-702).

Esta es una referencia convencional de la sátira hacia la confusión y demencia de la vida cortesana, que bien podría recordarnos unas palabras ya citadas del “Judío Portugués.”  Recordemos que en su crónica él dice que en Lima hay “tanta locura que el que en España fue pobre oficial . . . le crecen los pensamientos y le parece que merece por su linaje juntarse con los mejores de la tierra” y–repito–”por esta locura . . no se quieren sujetar al trabajo.”  Esas son palabras del “Judío Portugués,”  pero en el poema de Rosas la referencia a la “locura” del cortesano, nuevamente, de forma velada, alude a otra práctica prohibida:  su referencia al “ver un mapa confuso en manos de orates” sería  también una alusión a la quiromancia o lectura de la  palma de la mano.

            Hagamos ahora una primera conclusión.  Estas cuatro prácticas que encubre y descubre el narrador por medio del lenguaje disémico de su texto parecen tematizar, entonces, la doble vida de aquellos que clandestinamente se involucraban en comportamientos prohibidos por la Inquisición–algo bien documentado en la realidad de los centros coloniales de México y el Perú.   Al respecto quizás valga la pena escuchar algunas palabras de la Reprouación de las supersticiones y hechizerías, de 1530, del doctor Pedro de Ciruelo:   aquél que participa en actividades como la astrología judiciaria, la lecanomancia, la  hidromancia, y la quiromancia, nos dice “es vano y supersticioso, y tiene pacto secreto con el diablo.  Y ansí es apóstata de la religión christiana:  y deue ser castigado” (142).   En las instancias textuales que acabamos de ver del poema de Rosas de Oquendo, el narrador, con máscara de abjurado–que supuestamente ha dejado atrás sus prácticas diabólicas–es entonces, veladamente, simultáneamente partícipe clandestino de actividades condenadas por la Santa Sede: en él, como en su texto, y como en la ciudad de Lima, conviven contradictoriamente la fuerzas del poder de la censura y de la actividad censurada–la ciudad letrada y la ciudad real.

            Sé que el tiempo apremia, pero me gustaría detenerme en un caso más en el cual el poema se permite nuevamente expresar a través de la figura de su narrador satírico la contradictoria relación entre la realidad oficial y la realidad real; en este caso en lo tocante a la otra gran institución de la colonia, la Real Audiencia de Lima y su presidente, el Virrey.

            En cierto momento, en recuerdo de un hecho histórico en el cual participó el poeta Rosas de Oquendo, la fundación de la ciudad de la Rioja, el narrador nos dice:

 Vna bes fui en Tucumán
debajo del estandarte,
atronado de tronpetas,
.  .  .
y quando el Gouernador
tubo nonbrados alcalldes,
hísome Jues Ofiçial
de las hasiendas rreales.
Juntámonos en cauildo
todos los capitulares. (vv. 1689-1702)

Y de inmediato el poema reproduce–en estilo indirecto–fragmentos de una relación del evento escrita para el virrey que, como era costumbre, incluye una petición de favores:

que por franquear el sitio
para pueblos y eredades,
fuimos con muncho trauajo
.  .  .
que peleamos tres días
con veinte mil capaianes;
salimos munchos heridos
sin auer quien nos curase;
que en pago deste seruisio
nos acudiese y onrraze,
enbiándonos esençiones,
franquezas y liuertades   (vv. 1705-16)

En estos versos, el narrador, asumiendo la posición de conquistador, alude a un evento de gran trascendencia para el llamado proceso de pacificación americana:  la fundación de ciudades y su correspondiente comunicación oficial al otro centro mencionado respetuosamente por el “Judío Portugués”: la Real Audiencia.  Como bien nos han mostrado José Luis Romero y Angel Rama,  la fundación como ritual se conformaba al deseo de generar y perpetuar un orden social establecido.  Rama dice, por ejemplo,  “las ordenanzas reclamaron la participación de un script (en cualquiera de sus divergentes expresiones: un escribano, un escribiente, o incluso un escritor) para redactar una escritura.  A esta se confería la alta misión que se reservó siempre a los escribanos: dar fe,  una fe que sólo podía proceder de la palabra escrita, que inició su esplendorosa carrera imperial en el continente” (8-9).[1]  El poema de Rosas, y su narrador, con voz de conquistador y partícipe de la fundación de una ciudad, acuden, entonces, textualmente, a los códigos que servían para escribir, e inscribir, en los estatutos legales la expansión colonial.

At museum - Pedro Lasarte

            Lo que hay que ver, sin embargo, es que la Sátira de Rosas de Oquendo, en son de burla, nuevamente se permite penetrar los muros del edificio y discurso oficiales destinados al mantenimiento del orden establecido–o deseado.  Como se aproxima la Cuaresma, nos dice en son de burla el narrador, él ha de confesarse y rectificar ese memorial enviado al virrey:

yo rrestituio la honrra
a los pobres naturales,
que ni ellos se defendieron,
ni dieron tales señales;
antes nos dieron la tierra
con muy buenas boluntades,
y partieron con nosotros
de sus asiendas y ajuares;
y no me dé Dios salut
si se sacó onza de sangre (1719-28)

Concluyamos entonces:   el poema sobre el Perú de Rosas de Oquendo se adhiere a  las convenciones literarias del género satírico-carnavalesco y a algunas  preferencias de su momento barroco, algo que lo entronca con toda una tradición literaria europea, pero simultáneamente tiene como uno de sus referentes la ciudad de Lima y la variedad de prácticas discursivas–o semiosis–que informaba su composición espacial y subjetiva.   Rosas de Oquendo en cierto momento fue no sólo Contador de la Hacienda Real, sino también secretario del virrey García Hurtado de Mendoza–es decir un “letrado,”–pero a diferencia de lo que quizás propuso con demasiado rigor Rama, este letrado, que se descompone en su texto en una variedad de posiciones o máscaras, hace uso del lenguaje no a favor de la estabilización y permanencia inalterable de una ciudad letrada, como quizás lo habría hecho el “Judío Portugués,” sino más bien con miras a una posible desestabilizacion del tan deseado orden colonial.

Obras citadas

Ciruelo, Pedro.  Reprouación de las supersticiones y hechizerías (1530).  Ed. Alva. V. Ebersole.  Madrid: Albatros, 1978.

Descripción general del reino del Perú; crónica inédita de comienzos del siglo XVII.  Ed. Boleslao Lewin.  Rosario: Universidad Nacional del Litoral, 1958.

Eliott, Robert, Robert C. The Literary Persona.  Chicago:  The University of Chicago Press, 1982.

Rama, Angel.  La ciudad letrada.   Hanover: Ediciones del Norte, 1984.

Romero, José Luis.  Latinoamérica, las ciudades y las ideas.  Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 1976.

Sátira hecha por Mateo Rosas de Oquendo a las cosas que pasan en el Pirú, año de 1598. Ed. Pedro Lasarte.  Madison:  Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1990.


[1] Véase también Romero 57-68.

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Pedro Lasarte
Universidad de Boston

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