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De la épica a la sátira colonial en el virreinato del Perú: diálogos e inquietudes culturales

            Es quizás ya algo conocido que las lecturas modernas de dos poemas épicos importantes del siglo XVI hispanoamericano, La Araucana de Alonso de Ercilla (1569, 1578, 1589) y Arauco domado de Pedro de Oña (1596) presentan una interesante contradicción ideológica o cultural. Por un lado se ha visto en ellos una expresión asociada con el llamado discurso imperialista que defiende y elogia la presencia española en los territorios americanos.  Por otro lado, sin embargo, otro campo, quizás con cierta tendencia americanista o, si se quiere, nacionalista, ha visto en ellos una defensa del indígena y una crítica del proyecto imperial.  Isaías Lerner, por ejemplo, uno de los últimos editores de La Araucana, siguiendo una tradición monumentalizadora del género, por así decirlo, dice que su autor ha de ser visto como el  cantor oficial del imperio en toda su grandeza (36).  Por otro lado, asumiendo una posición opuesta, Beatriz Pastor ve el poema de Ercilla como texto cuyo elogio del rebelde araucano convierte al autor en uno de los primeros poetas coloniales que expresan una conciencia hispanoamericana.  De modo similar, y quizás con mayor intensidad, Gilberto Triviños enfatiza el hecho de que el poema no es ni un canto a la gloria universal de España ni un escape de la realidad y explica que “el relato del conquistador [es] despojado de todos los velos del mito occidental que transfigura la guerra en reino de lo noble, de lo justo y de lo bello [y] es, pues otra cosa que un canto a la gloria universal de España, algo más que una forma de evasión por un mundo bellamente idealizado.  No es el poema del nacimiento épico de una nación sino la escritura estremecida, perturbada, de una violencia fundadora que los poderes coloniales y republicanos intentaron borrar de las ‘clarísimas estrofas’ de la Ilíada de Chile” (117)

En Segovia - Pedro Lasarte

            Para el caso de Arauco domado de Pedro de Oña, Salvador Dinamarca, en su conocido estudio del poema concluye que el autor presenta al héroe español del texto (García Hurtado de Mendoza) como “un dechado de perfecciones físicas, morales e intelectuales; como el símbolo de la trilogía espiritual del español del siglo XVI: religioso, monárquico y caballeresco” (221).  Los indígenas, sin embargo, aunque grandes guerreros, eran  “borrachos, pendencieros, supersticiosos, y sensuales” (221). De modo semejante, Miguel Ángel Vega declara que los “tratadistas lo han llamado el patriarca de la poesía chilena . . .  [pero] Oña no tiene nada de nacional y . . .  es  . . . español y cortesano.  Su actitud ante el indio y ante el paisaje es aleve  y es falsa” (19, n. 8).  Igualmente, Mario Rodríguez afirma que  “Arauco domado . . . excluye toda concepción de la realidad que no corresponda a los discursos canónicos y aceptados como ‘verdaderos’ por la cultura colonizadora” (79).  Y añade que este poema recoge . . . una interpretación típica de la visión del mundo del imperio español . . . [que] ha traído al nuevo mundo la luz del catolicismo para iluminar las tinieblas de la herejía india” (82).

            Desde una posición opuesta hacia este poema épico,  Gerardo Seguel ve a Oña como el primer individuo español que se refiere a Chile como a “su propia patria” (44). Recientemente, William Mejías-López también toma una posición pro-indígena y anti imperialista.  Nos dice, por ejemplo, que Oña muestra con un crudo dramatismo las condiciones miserables de los indígenas y se lo atribuye al uso de la encomienda.  Añade que el poema atestigua “los abusos . . . [y] el deterioro y sufrimiento que se produce en los naturales” (78).  Mejías-López también enfatiza que Oña demuestra amor hacia Chile, llamándola “patria amada” (81) y denuncia la injusticia española hacia las mujeres y los niños (85 y sigs).  Este crítico llega a expresar que el poema justifica las rebeliones indígenas ante los encomenderos (90).  Claramente, se ve, entonces, en Arauco domado como en el caso de La Araucana, contradicciones y polarizaciones ideológicas.

            Ahora deberíamos añadir que más recientemente, han aparecido algunos críticos que abordan las complejidades o contradicciones de estos poemas épicos en un modo menos polarizante.  Muy notable, para el caso de La Araucana, es el estudio de Elizabeth Davis quien se acerca a los desacuerdos ideológicos entre lecturas nacionalistas e imperialistas–los cuales ella denomina “contradicciones terribles”– por medio de una aproximación autorial.  Para el caso, Davis analiza de una manera muy interesante lo que ella denomina la “subjetividad fragmentada” de Ercilla (20-21, mi traducción).  En referencia al Arauco domado, algunas lecturas recientes de Roberto Castillo Sandoval y José Antonio Mazzotti son innovadoras e importantes.  Castillo Sandoval, por ejemplo, por medio de un estudio cuidadoso de las referencias implícitas por parte de Oña a las preocupaciones de los criollos, llega a la conclusión que el poema, lejos de tomar una posición unívoca, logra expresar las contradicciones de su grupo social, el de los criollos (245).  Mazzotti, de una manera similar, muestra que Arauco domado se presenta como expresión de una serie de perspectivas y lealtades dobles que apuntan hacia la creación de una temprana subjetividad criolla (232).

Tomando sol - Pedro Lasarte

            Todas las interpretaciones aquí sumariamente presentadas son sin duda lecturas importantes y modernas de la poesía épica.  Lo que ahora propongo, sin embargo, es poner en juego otra aproximación, la cual correspondería más a la posible recepción que estos textos tuvieron en su momento de redacción.  Para poder aproximarme a tal diálogo haré uso de la parodia que reciben estos poemas, en su época.  A primera vista, siguiendo la actitud subversiva atribuida a la sátira, su relación con éstos poemas épicos ha sido aceptada como la de un mero rebajamiento carnavalesco y jocoso de sus supuestas ideologías.  Tales conclusiones, sin embargo, parecen conllevar cierta simplificación sobre la sátira que no toman en consideración la crítica ideológica que convive con la mera jocosidad.            Por otro lado, se debe mencionar que una comprensión global que no ha permitido que el lector subsane lecturas tajantemente opuestas para el caso de la épica es, en parte, resultado de una adhesión crítica a la posición tomada por Mikhail Bakhtin que ese género es monológico y por lo tanto expresa una ideología inequívoca (107-108), sin dejar espacio para contradicciones o ambigüedades.

            Ahora, lamentablemente, dada la limitación de espacio para este ensayo, en mi aproximación al contrapunteo épica/sátira debo aquí limitarme al caso de Arauco domado y dejar la parodia de La Arucana para otra ocasión. Me aproximo, entonces, a un poema anónimo, aunque atribuido a Mateo Rosas de Oquendo, La victoria naval Peruntina,  texto épico burlesco algo conocido por su parodia de los elogios hechos por Pedro de Oña en su Arauco domado a la participación de don Beltrán de Castro y de La Cueva en el combate naval que tuvo con el pirata Ricardo Aquines (Richard Hawkins) en las afueras del Callao hacia 1594.   Precisamente, el 17 de mayo de ese año Don García Hurtado de Mendoza, Virrey del Perú, recibe noticia de la presencia del inglés y se encamina al puerto del Callao para preparar la defensa de las costas de la capital virreinal.  Para el caso pone a su cuñado, don Beltrán de Castro y de la Cueva,  al mando de una flota de tres galeones y tres patajes para que salga a la caza del inglés.  Después de doce días divisa su bandera en el puerto de Chincha, pero una inesperada tormenta le obliga a regresar al Callao.  Luego de una rápida recuperación zarpa nuevamente, ahora al mando de sólo dos navíos, la Almiranta y la Galizabra, con los cuales logra darle alcance al inglés en las afueras de San Mateo, e inicia una batalla naval en la cual Hawkins resulta herido y llevado prisionero al puerto de Panamá.   El 14 de septiembre, día de la «fiesta de la Cruz», llega la noticia a Lima y causa gran entusiasmo.  Tal es así que en ese mismo año de 1594 se publica uno de los primeros incunables de la imprenta en Lima, una Relación por Pedro Valaguer de Salzedo, Correo Mayor del Perú, en la cual el triunfo de Beltrán de Castro recibe una hiperbólica celebración, sobre todo tratándose de la posible invasión de un hereje luterano–recordemos que la amenaza protestante ya era encarada fuertemente por la corona española–.  Allí, es decir en la relación, leemos que el virrey Hurtado de  Mendoza fue al monasterio de sant Agustín donde visitó el Sanctisimo sacramento [. . .] dando gracias por tan célebre, y importante victoria, y por mas regozijarla, anduvo por las calles, acompañado de sus criados, y de otros muchos caualleros, y vezinos, que acudieron con sus hachas encendidas, y el viernes siguiente [. . .]  se hizo vna muy solemne y general procession . . . y el sábado se corrieron toros, [y] se van haziendo otras fiestas y regocijos (f. 10v ).

Debemos reconocer que el acalorado júbilo que causó la derrota de Hawkins se daba no mucho tiempo después de la derrota de la llamada “armada invencible,” en 1588, por los ingleses y también las múltiples incursiones de piratas, como las de Drake en 1579.  El rey mismo, en carta congratulatoria a García Hurtado de Mendoza, la llama una importantísima derrota que pondrá fin a futuros intentos de piratería (Markham, 348).

Ahora, a pesar de que la derrota de Hawkins sin duda fue un episodio importante, lo que deseo aquí es contrapuntear estos elogios con la sátira coetánea al poema, elogios que sin duda exageraban el incidente, e hipérbole que sin duda conllevaba un propósito ideológico deseoso de reforzar el poder, ya debilitado, de la corona y su dominancia marítima.  Esta visión entraría en desacuerdo con el satírico y sus lectores vireinales de la época, cuyas risas ante la exageración imperial no necesariamente expresarían ni una crítica del imperio ni un naciente americanismo.   Acerquémonos entonces a algunas instancias del diálogo paródico que este poema entabla con el Arauco domado y la ya vista exaltación de los hechos heroicos de Beltrán de Castro y de la Cueva.

Con amigos de la católica - Pedro Lasarte

Primero habrá que ver el acercamiento jocoso de La Peruntina a varias de las convenciones literarias utilizadas por Oña.  Lo primero que se nota al abrir un texto épico son los “preliminares,” páginas introductorias que, además de las necesarias aprobaciones, incluían varias composiciones en alabanza del autor.  Para el caso del Arauco domado, Oña es elogiado por un número de representantes del sector letrado virreinal.  A modo de ejemplo veamos una, del Doctor Jerónimo López Guarnido, “Catedrático de Prima de Leyes de la Universidad de Lima”:

Vuestro talento oculto, en lo secreto
Ha sido bien que en sí no se consuma
Sino que en otro gran Pompeyo Numa
Muestre (causando asombre) su consuelo
[. . .]
El censo os dan, que daros no se excusa,
Porque en la perfección de la poesía,
Oña divino, a todos váis sobrando (20).

 Lo que se nota aquí es que estos textos introductorios tenían un importante valor oficial, y no es casualidad, por lo tanto, que se he hallen parodiados, de una manera interesante, en La Peruntina.  Aunque a primera vista la disposición del poema carece de composiciones preliminares como las del Arauco domado, una lectura detenida de sus primeros setenta y ocho versos trasluce una intencionada parodia de tales elogios de autor.  Allí un narrador anónimo le entrega al lector la figura del poeta que ha de cantar la derrota de Hawkins.  Éste, sin embargo, a diferencia de lo dicho sobre Oña, es un hombre “ocioso, pobre y mal contento / . . . / un poco libre, algo impertinente”[1] (vv. 1-4); y sobre su integridad moral leemos que “entre los cortesanos es pasante, / entre los académicos novicio, / y entre los letrados mete su cuchara, / y no hay cosa de que no sepa un poco, / y todo junto viene a ser nonada” (vv. 13-17).  Por otro lado, es importante notar también que la individualidad y privilegio de la voz poética, o épica, sufre una desarticulación, presentándose como voz popular normalmente excluida del habla oficial.  En referencia al entusiasmo ante la derrota de Hawkins, el narrador de La Peruntina se presenta como testigo de “las fiestas, procesiones, luminarias, / parabienes, congratulaciones, / relaciones impresas” (vv. 39-41).  Él habría compartido con el pueblo un descontento ante los favores otorgados por la corona a raíz del triunfo naval: “encomiendas de repartimientos / a títulos de premios de guerra, / recibimientos de los capitanes / en forma de triunfal y aclamaciones / . . . /  pareciéndoles para sólo un huevo / mucho cacarear de gallinas / y chico el santo para tanta fiesta” (vv. 47-54). Y de inmediato, a diferencia del poema épico inspirado por las musas, el narrador nos dice que él va a cantar más bien “llevado por las olas de la gente / y convencido de la muchedumbre” (vv. 56-57) .

            Habría  que reflexionar aquí que, curiosamente, la historia parece respaldar esta postura jocosa y paródica de La Peruntina.  Como nos informa Ramiro Flores Guzmán, aunque más bien en relación a Francis Drake, “algunos individuos invocaron el apoyo de los piratas, pues se encontraban descontentos o enojados por haber sido postergados en el disfrute de prebendas” (39). No se trata, entonces, de un nacionalismo americano que ataca al imperio español, sino de un malestar criollo-limense ante las constricciones políticas que refrenaban las posibilidades de su participación política y social.

            Ahora, las referencias paródicas a la alabanza de la batalla contra Hawkins en Oña son múltiples, pero aquí escojo sólo un par a modo de ejemplo.  En el canto XVII del Arauco domado la salida de Beltrán de Castro del puerto del Callao es enaltecida por la musa poética al recurrir al conocido tópico del amanecer mitológico:

Más ya que sobre el campo cristalino
el padre de Faetón su luz dilata,
Haciendo de las ondas fina plata,
Y al arenoso, de oro fino,
Veréis con un tropel tan repentino
Que el ánimo y sentidos arrebata (640).

 El amanecer no sólo sirve para enaltecer la empresa de Don Beltrán, sino a la vez para augurar el bien por venir:  “¡Oh descuidado apóstata Richarte / Procúrate volver a quien te envía, /  O toma, si pudieres otro rumbo, / Porque tu perdición está en un tumbo!” (640).  La Peruntina, al acercarse a ese mismo momento de la batalla naval, es decir la salida de Beltrán de las costas del Perú, en recuerdo de Oña, también acude a un amanecer mitológico, pero, claro, paródico y burlesco:

[. . .] en sabiendo
el alto presidente del Parnaso
la turbación confusa y sincopada
en que se halla, con la nueva horrenda,
el reino que produce las riquezas,
levantóse el cabello desgreñado,
bostezando, y fregándose los ojos,
y estando rascando no sé dónde,
soltóse uno sin maldito el hueso.
[. . . ]
Oyéndolo la noche tenebrosa
[. . .]
tapóse las narices con la mano
diciendo “pape ése la virreina.”
Despachó luego Apolo su lucero
[. . .]
que con centelleantes ojos vivos
de la altura del cielo columbrase
si parecían ingleses por la tierra (vv. 369-387).

             Paso ahora a una segunda instancia paródica.  El poema de Oña, típica y tópicamente acude a una profecía sobrenatural–o Providencial–sobre el triunfo de Beltrán de Castro sobre Hawkins.  En el canto XVI cuenta la indígena Quidora un sueño enigmático, en el cual a Hawkins se le presenta como un “drago diabólico”:

Por una gruta negra  y espantosa
Adonde luz escasa parecía,
Un drago forcísimo salía
Lanzándose en el mar con sed rabiosa;
[. . .]
Mas cuando se tornaba ya gozoso
El drago con el hurto y presa nueva
Salió tras él bramando de una cueva
Un bravo león de cuello vedijoso
[. . .]
Hasta que ya, cogiéndolo en sus brazos ,
Al ávido dragón hacía pedazos (114-116).

 Y es este vaticinio que le permite a Oña dar un salto temporal para confirmar con su canto la grandeza de la batalla naval: “yo que mientras todos han hablado / He solo sus razones atendido, / Por las de la zagala he colegido / Que lo que entonces fue profetizado / Es lo que agora acaba de cumplirse, / Si pudo bien tan grande predecirse” (618).   Lo que vemos, entonces, es que Oña inscribe el evento dentro de la conocida interpretación providencial de la historia, visión que estaría del lado de la conquista, justificando y alentándola.   Hay que ver que la Providencia también le sirve a Oña para explicar el fallido primer intento de Beltrán de Castro.  Nos dice que “vino la tormenta / Por especial favor del alto cielo / Para que don Beltrán acá en el suelo / Su mérito aumentase, si se aumenta; / Pues no fuera el vencer de tanta cuenta / Sino cubrir su lustre, al menos, del que digo, / Rendir con tal ventaja al enemigo” (661-662).  Es decir,  muy curiosamente, Dios intervino para que el triunfo español no pareciese poca cosa por la desventaja de números.  El segundo encuentro, en el cual capturan a Hawkins, sería mas parejo y, por lo tanto, el triunfo español más digno de ser cantado y alabado.

Con mi Diego - Pedro Lasarte

Esta  manipulación por parte de Oña no se le escapa a La Peruntina ya que la Providencia es también parodiada jocosamente.   La supuesta intervención divina para nivelar el combate es rebajada cómicamente.  Allí hallamos a un cobarde y codicioso Beltrán de Castro quien, durante la batalla, llevado por el miedo, acude a Dios para pedirle que intervenga en su favor: “Vesme Señor aquí a tus pies rendido / y aun a los de este inglés si tu no ayudas. / Yo conozco señor, y lo confieso / que soy un tonto y mísero gallego” (vv. 533-536).  Esta confesión de su cobardía y necesidad, invirtiendo el elogio de Oña, es respondida por la Providencia: “Dí mísero gallego de qué temes / de qué tiemblas y andas sin aliento / estando en un navío que pudiera / a dos ingleses abordar seguro. / Avergüénzate puerco, y considera / la ventaja que tienes de tu parte: / tú tienes dos navíos contra uno” (vv. 595-601).   Vemos, entonces, que La Peruntina, en su diálogo con Oña  rebaja jocosamente la voz de la autoridad, reflejando quizás lo que habrían sido no pocas opiniones por parte de un poblador limense crítico de la actitud propagandista de la corona.  Para concluir hay que reflexionar, entonces, que aunque Oña si alaba la corona española, y es bien sabido que escribe el poema para contrarrestar la poca importancia que Ercilla le da a Hurtado de Mendoza, a través de la parodia satírica podemos vislumbrar que quizás el lector coetáneo a Oña andaba más preocupado por rivalidades locales, como las que se daban entre los criollos y la autoridad que intentaba frenar sus deseos de adquirir una mayor participación política, social y económica en el virreinato del Perú, y no leía en el poema ya una defensa ni una vituperación del imperio español y su proceso de la llamada pacificación del mundo indígena.  Cierro entonces esta breve ponencia con la conjetura que quizás la polarización en torno a la “intención” del poema épico, aunque sin duda de gran interés e importancia, responde más a preocupaciones del lector moderno y sus múltiples y complejas posiciones, de hoy día, en torno a las condiciones de dependencia cultural y socio-económica de nuestros países latinoamericanos.   Aclaro que no pretendo sugerir que sean lecturas anacrónicas; al contrario, creo que muestran la riqueza de estos textos–recordemos el Quijote de Pierre Menard–.  Yo sólo he intentado vislumbrar cómo habría sido leído este texto por algunos habitantes de la Lima del siglo XVI.

Obras citadas

Bakhtin, Mikhail.  Problems of Dostoevsky’s Poetics. Ed. and Trans. Caryl Emerson. Minneapolis:   U. of Minnesota Press, 1984.

Castillo Sandoval, Roberto. “¿’Una misma cosa con la vuestra’: Ercilla, Pedro de Oña y la apropiación post-colonial de la patria araucana.” Revista Iberoamericana 170 71(1995), 231-248.

Davis, Elizabeth B.  Myth and Identity in the Epic of Imperial Spain.  Columbus and London: University of Missouri Press, 2000.

Dinamarca, Salvador.  Estudio del Arauco domado de Pedro de Oña.  New York: Hispanic Institute, 1952.

Ercilla y Zúñiga, Alonso de. La Araucana. Ed. Isaías Lerner. Madrid: Cátedra, 1993.

Flores Guzmán, Ramiro, «El enemigo frente a las costas.  Temores y reacciones frente a la amenaza pirata, 1570-1720», en El miedo en el Perú. Siglos xvi al xx, ed. Claudia Rosas Laro. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 2005, pp. 33-50.

La batalla naval Peruntina, Ms. 3912, Biblioteca Nacional de Madrid, s/f. Markham, Clements R., The Hawkins’ Voyages, London: Hakluyt  Society, 1878.

Lasarte, Pedro, “Sentido y expresión cultural de la parodia épica en Mateo Rosas de Oquendo,” Epica y colonia. Ed. Paul Firbas, Lima: Universidad Mayor de San Marcos, 2008, 193-209

Mazzotti, José Antonio, “Paradojas de la épica criolla: Pedro de Oña entre la lealtad y el caos.” Epica y colonia. Ed. Paul Firbas, Lima: Universidad  Mayor de San Marcos,  2008, 231-261.

Mejías-López, William. “Principios indegenistas de Pedro de Oña presentes en ‘Arauco domado.’”  Quaderni Ibero-Americani 73 (1993), 77-94.

Oña, Pedro de, Arauco domado [1596]. Ed. J.T. Medina, Santiago: Imprenta Universitaria, 1917.

Pastor, Beatriz.  Discursos narrativos de la conquista. Mitificación y emergencia. Hanover: Ediciones del Norte, 1988.

Rodríguez, Mario. “Un caso de imaginación colonizada: Arauco domado de Pedro de Oña.” Acta Literaria 6 (1981), 79-91.

Seguel, Gerardo. Pedro de Oña: Su vida y la conducta de su poesía. Santiago de Chile: Ediciones Ercilla, 1940.

Triviños, Gilberto. “Lecturas de La Araucana: ‘No es bien que así dejemos el olvido / el nombre de este bárbaro obstinado.” Epica y colonia. Ed. Paul Firbas, Lima: Universidad Mayor de San Marcos, 2008, 113-131.

Valaguer de Salzedo, Pedro, Relación de lo sucedido desde diez y siete de mayo de mil y quinientos y noventa y cuatro años, que don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, Visorey y Capitán General en estos reinos y provincias del Perú, Tierra Firme y Chile, por el rey nuestro Seños tuvo aviso de aver desembocado por el estrecho, y entrando en esta mar del Sur, Richarte Aquines, de nación don Beltrán de Castro y de la Cueva, que fue por General de la Real Armada le desbarató, venció. y rindió, y de las prevenciones de mar y tierra, que para ello se hicieron, Ms. 3287 de la Biblioteca Nacional de Madrid, s/f.

Vega, Miguel Angel.  La obra poética de Pedro de Oña.  Santiago de Chile: Editorial Orge,   1970.


[1] Cito de mi edición del poema, de próxima aparición, y que se basa en el manuscrito 3912 de la Biblioteca Nacional de Madrid.

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Pedro Lasarte
Universidad de Boston

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El discurso misógino y la poesía satírica de Juan del Valle y Caviedes

            Es bastante conocido que la poesía satírica del poeta del virreinato del Perú, Juan del Valle y Caviedes, al pasar revista burlesca a toda una gama de tipos y profesiones entrelaza las convenciones del género satírico con algunos referentes específicos de su Lima de fines del siglo diecisiete.  Se ha dicho reiteradamente que sus blancos favoritos fueron los médicos de la capital virreinal; y no sin menos insistencia, también las mujeres.  Lo curioso, sin embargo, es que aunque mucho se ha escrito sobre su sátira de la medicina, muy poco–casi nada diría yo–se ha dicho sobre su vituperación de las mujeres.  En esta breve ponencia quisiera, entonces, adelantar algunas ideas al respecto.

            Se ha insinuado que las quejas del poeta obedecen a la poca (o a la mucha) suerte que tuvo en los juegos del amor, pero lo más común ha sido pensar su misoginia como parte de una larga tradición literaria de la literatura europea. Esta explicación es sin duda certera: Valle y Caviedes imita una tradición, pero me pregunto si esta explicación por sí sola es apropiada o si la debemos aceptar como suficiente.  Habría que recordar la muy citada sugerencia de Howard Bloch, para quien el acudir meramente a la tradición para explicar la misoginia es naturalizar o “universalizar” el antifeminismo, y así, aunque sin proponérselo, contribuir a su perpetuación (PAG).   Mi intención en estos breves minutos es, entonces, explorar cómo la tradición misógina que imita Valle y Caviedes se nutre simultáneamente de un contenido suplementario que tiene que ver con su contexto americano; es decir, en última instancia leer su poesía no sólo como imitación literaria o creación estética sino también como discurso cultural.  Quizás podríamos hablar de historizar, o contextualizar, la tradición misóginia y así contribuir al reconocimiento de su carácter contingente y no esencial.

Look at the compute - Pedro Lasarte

            A lo largo de su obra, Valle y Caviedes reitera una muy conocida asociación entre la práctica satírica y la médica.  Se ha sugerido, por lo tanto, que uno de sus deseos es el de exponer y curar una variedad de males sociales, como el oportunismo, la envidia, la falsa pretensión, el engaño, la avaricia, etc.; pero también los males comúnmente asociados con los enredos amorosos, entre ellos el conocido mal “hereos,” para el cual una cura, se ha visto desde la antigüedad, fue una muy misógina vituperación de la mujer (sólo basta pensar en Ovidio o Andrea Capellanus).  Cabe mencionar que éste es un asunto que ha sido estudiado para el caso de algunos autores medievales, como, por ejemplo, el Arcipreste de Talavera. Lo que yo quisiera es ampliar un poco estos parámetros de la  misoginia para incluir en ella la presencia de la sífilis, o mal de bubas, la cual se menciona por vez primera en Europa hacia 1494 y que por lo tanto no pudo ser parte de un discurso antifeminista como el del Arcipreste de Talavera.

En 1495, Francisco López de Villalobos, en su Sumario de la medicina con un tratado sobre las pestíferas bubas, repetía los conocidos preceptos sobre el mal de amores que padecían los hombres, y aconsejaba apartarse de la mujer “como en pestilencia / se apartan los hombres del aire dañado” (247).   Y sobre el mal de bubas le advierte al lector que la enfermedad deviene de la “flaqueza en los cuerpos, de usar con mujer” (415), y recomienda que el afectado “huya de mujeres y mal pensamiento” (433).

Cabe notar que la sífilis también pasó a ser propiedad de las preferencias barrocas; ésto por su inclinación hacia la descripción grotesco-escatológica.  Abundan ejemplos de los estragos físicos del mal de bubas, tanto en autores ascético-moralistas como en satíricos, y entre ellos se halla nuestro Valle y Caviedes. Lo que quisiera sugerir es que dado el deseo curativo de su obra, la reiterada descripción monstruosa de los posibles efectos del amor carnal, tienen el propósito de moralizar y así ofrecer una cura social.   Un dato importante que corrobora la relación que quiero establecer entre las descripciones de la sífilis y el discurso misógino de Valle y Caviedes es que en toda su obra los efectos de la enfermedad se narran en detalle sólo para el caso de las mujeres.  El cuerpo femenino es, en cierto sentido, el espacio en el cual se escriben los peligros físicos del amor sexual para los hombres.

            Veamos, entonces, un poema cuyo título, “A una dama que por serlo paró en la caridad,” juega con la facilidad de la entrega sexual y el conocido Hospital de la Caridad en Lima.  La referencia a “dama” ha de ser, casi seguro, a la prostituta, aunque el vocablo, en germanía, también significó “concubina”.El poema pasa revistaa conocidísimos tópicos sobre la promiscuidad, con giros de ingenioso conceptismo.  En dos de las muchas estrofas en las cuales se describen los daños físicos causados por el mal de bubas, el poema se enfoca en los ojos y la boca de la dama, instrumento corporal este último de importancia para el encuentro y goce sexual, y uno de los blancos favoritos de la sátira de Valle y Caviedes (recordemos que en su obra las mujeres son, ademas, pedigüeñas, comilonas, habladoras, etc., vicios o comportamientos todos asociados con la boca).  En este poema leemos que la enferma, ya postrada en el hospital,

De su estrella se lamenta
porque en luceros peligra.
si cuanto causó la Venus
con el mercurio no quitan.

           El juego conceptista de estos versos conjuga ecos de las reiteradas metáforas celestiales de la descripción fememina con referencias relacionadas a la sexualidad.  Que la mujer se lamente de su “estrella” tiene varias lecturas que merecen ser vistas de cerca.  Por un lado se trata de una queja de su suerte, en términos de la muy conocida asociación entre el destino y los astros, pero la queja a la vez conlleva una alusión jocosa a la divulgada idea que el contagio del mal venéreo, como el de muchas otras plagas, tenía que ver con la astrología.  El mismo Francisco López de Villalobos, en su tratado sobre las bubas, nos recordaba una tradición muy aceptada:

Astrólogos dicen que por conjunción
De Saturno y Marte, el tal daño ha sido.
Saturno es señor de la adusta pasión,
Y Marte, de los miembros de la generación
Por donde este mal en el comienzo ha venido

 Por otro lado, la estrella de la cual se queja la mujer es también una referencia directa a la llaga sifilítica, uso que hallamos, por ejemplo, en La Lozana Andaluza de Francisco Delicado  Pero a la vez esta estrella, o llaga, ha de asociarse, paródicamente, con el ojo infectado de la mujer.  La estrella o astro era metáfora común para referirse, elogiosamente al ojo de la mujer.

Posando - Pedro Lasarte

            Ahora, ese verso nos dice que la dama “de su estrella se lamenta.”   Debemos notar que según el Diccionario de Autoridades  el lamentarse causa “llantos y sollozos,” connotación que nos conduce a visualizar una imagen de agudeza grotesca: la lágrima del lamento se convierte en drenaje de materia infecciosa ya que el ojo se halla comprometido por el mal de bubas, algo no poco común. Esta infección de la mujer se acentúa en los siguientes versos ya que ella, vemos, “peligra de luceros.”  En germanía, según Alonso Hernández, “lucero,” era metáfora para “ojos.”  Se vislumbra, entonces, una posible ceguera, ceguera que a la vez, podríamos conjeturar, encierra cierto comentario de orden moral ya que la dama es servidora de Venus, diosa del Amor.

            El poema, en la siguiente estrofa, incrementa su sentido tremendista, por así llamarlo.  Se nos dice, ingeniosa, pero repulsivamente, que la “dama”

Como gusanos de seda
babas por la boca hila,
que el andar con los capullos
no ha olvidado todavía.

No me detendré en detalles: solo basta señalar la grotesca y muy sugerente apertura metafórica que conjuga los gusanos de la muerte con el deseo de renovación o metamorfosis de la dama.  Las  babas que “hilan” su boca se ven como gusanos de seda.  Boca, sin embargo, que a pesar de la enfermedad sigue imaginándose el andar con los capullos, imagen esta última de connotaciones sobre la sexualidad oral. La boca se presenta, entonces, todavía como posible vehículo de contagio y propagación del mal.

            Dadas las limitaciones del tiempo no puedo detenerme más en el ingenioso conceptismo de Valle y Caviedes.  Debo pasar ahora a ver cómo estas descripciones, de reconocible misoginia, se sitúan dentro de la ideología colonial del virreinato del Perú.  El poema ha hecho referencias a una de las dos curaciones más comunes para la enfermedad venérea, la del uso de frotaciones de mercurio o azogue. Pero hay que ver que esta referencia se intersecta con cierta observación sobre la riqueza mineral del Perú.  Sobre la posible cura de la dama leemos ahora:

A puro azogue, presume,
la tienen de volver piña
. .  .
De andar el azogue en ella
tiene la culpa su mina
la cual tiene más estacas
que todas las de las Indias

            El azogue, conjetura la dama, podría remozarla, convertirla nuevamente en una fruta fresca, en una “piña,” fruta sin duda muy apetitosa, pero que, recordemos, se halla cubierta de espinas, y fruta que a la vez nos recuerda visualmente los efectos del mal de bubas.  Más importante, sin embargo, es que es una fruta de marcada asociación con la naturaleza oriunda a América; fruta bautizada y alabada por Fernández de Oviedo.Pero este vocablo, el de “piña,” en el lenguaje de la minería era a su vez la plata pura depurada por el azogue. Hay, entonces, una mueca jocosa hacia la “pureza” de la dama, pero con un cruce semántico entre la sexualidad de ella y la naturaleza americana, cruce importante ya que se reitera en el siguiente verso, donde leemos que la dama en “su mina” tiene “más estacas que todas las de las Indias.”   Aquí, el tener estacas es una alusión sexual que a la vez refiere a la seña o marca de la enfermedad; pero hay que notar que el vocablo “estaca” era también la marca que indicaba la presencia de una mina. La abundancia de estacas denotaba la riqueza mineral del nuevo mundo (y, en este caso, también las ganancias de la mujer adquiridas a través de su “mina” corporal o sexual).  Sobre el cuerpo de la dama se escriben y se inscriben, entonces, las enfermedades y las riquezas americanas.  Se va visualizando así una suerte de analogía burlesca entre el mal venéreo, con todas sus connotaciones misóginas, y las abundantes venas minerales del Perú. 

            No sorprende que esta relación se desarrolle en más detalle en los siguientes versos, donde leemos, sobre la dama:

Venganza es de las estafas,
si a sus amantes decía:
“El alma-den,” cuyo azogue
vengó Huancavelica

            En esta estrofa hay una referencia jocosa y polisémica, pero inequívoca, al mercurio extraído de las minas de Huancavelica.   La dama es culpable de estafar a sus amantes al decirles “el alma den,” es decir, hacerle gastar cuanto tengan. Pero “dar el alma” tiene también otros posibles referentes a los efectos nocivos de la actividad sexual. “Entregar el alma” podría significar también el perderla en un desvío moral, o incluso aun más, morir como resultado del contagio de la enfermedad venérea.

            Ahora, la expresión “alma den” refiere también a un conocido tópico que asociaba la codicia con la riqueza material; es decir, a la explotación del cuerpo natural de América y sus ricas minas de Huancavelica, las cuales, dice el poema, vengaron, o “sobrepasaron” a las conocidas y muy productivas vetas españolas en Almadén. Y, como nos ha mostrado Guillermo Lohmann Villena, las minas de Huancavelica dieron lugar a un sinfín de irregularidades financieras y comercios clandestinos; es decir, literalmente a las estafas a las cuales se refiere el poema. El texto parece reflexionar, entonces, sobre las ideas divulgadas en la época sobre el influjo nocivo de las riquezas americanas, asociadas con la codicia, ideas que hallamos, por ejemplo entre muchos otros, en Pérez de Oliva, Ercilla, Gongora y Quevedo. En el poema la promiscuidad y la codicia entrelazan, entonces, dos referentes americanos: sus metales y sus mujeres, ambos con una connotación negativa.

            Lo que quisiera ahora es sugerir que tras los lugares comunes en torno a la descripcion grotesca de la mujer aquejada de bubas, el poema de Valle y Caviedes se muestra consciente, y quizás satiriza, ciertas ideas de orden denigratorio sobre el continente americano, entre ellas que la enfermedad venérea de la dama, su destino funesto, se hallaría directamente relacionado a su subjetividad americana.  A la estrofa ya vista sobre el azogue de Huancavelica, se añade que la dama

. . .  tiene un mal francés
tan hijo de estas provincias
que es nacido en la ciudad
que llaman de Picardía

           Estos versos aluden al conocido debate en torno al origen de la sífilis.  ¿Fue traída al nuevo mundo por los europeos, o fue llevada al viejo mundo por los tripulantes de Colón?  Curiosamente, el mismo Fernández de Oviedo ya citado había sido uno de los primeros en situar el origen de esta enfermedad en el continente americano. Y hay que ver que en los años que vivió Valle y Caviedes la idea que en América existía una predisposición hacia el mal de bubas se había convertido en lugar común.  En 1612, por ejemplo, el dominico Juan de la Puente, repetía un sentimiento científico bastante divulgado, sentimiento, dicho sea de paso, que nos recuerda la mala estrella de la dama del poema de Valle y Caviedes.  Nos dice Juan de la Puente que “las constelaciones de América inducen inconstancia, lascivia y mentiras: vicios característicos de los indios y que las estrellas convierten en características de los españoles que nacen y viven aquí.”Es notoria, entonces, la relación entre el poema de Valle y Caviedes y las creencias sobre el influjo de las constelaciones sobre la suerte del peninsular en América.  Podríamos decir que el poema connota que la estrella de la dama, su mala suerte de caer en la enfermedad venérea se debe, en parte, a su contacto con la tierra americana, lugar en el que, se decía, había nacido el mal de bubas.

Con lentes - Pedro Lasarte

            Atemos, entonces, algunas de las reflexiones llevadas a cabo en esta breve presentación.  Hemos visto que Valle y Caviedes imaginó su sátira como una forma de medicina, y hemos sugerido también que para prevenir contra la  llamada plaga del mal de bubas hace uso de la descripción grotesca de la mujer. A la vez, sin embargo, se contextualiza satíricamente esta tradición literaria y misógina dentro de un marco cultural que informaba el imaginario europeo de su época; es decir, se acude a las conocidas denigraciones del nuevo mundo.  Muy significativamente, el poema nos entrega la referencia al origen de la sífilis como paradoja  al hablarse del “mal francés” como “hijo de estas provincias” y al decir que “es nacido en la ciudad que llaman de Picardía;” es decir, Lima:  paradoja que refleja la conflictiva subjetividad americana de la época.   El mal de bubas es llamado mal francés, pero es nacido en Lima.  La mitificación negativa de las provincias americanas como lugar de licencia sexual y de promiscuidad económica recontextualiza una tradición misógina para participar en la naciente imagen de la naturaleza americana como gestadora de nuestros males.  Habría que pensar en invenciones culturales como las de la Malinche o Doña Bárbara, quienes ejemplifican una negatividad americana que han servido, hasta recientemente, para explicar muchos de nuestros problemas sociales.    Valle y Caviedes es partícipe de una tradición misógina, pero su ojo de cronista satírico de la sociedad virreinal nos entrega una perspectiva con la cual podemos destapar las inquietudes de una sociedad española que a fines del siglo diecisiete empezaba a reconocer su compleja y problemática relación con la llamada “madre patria.”   Al leer su poesía no solo en su valorización estética, sino como discurso cultural, las sufridas e infecciosas “damas” de la poesía de Valle y Caviedes  nos permiten visualizar algunas de la muchas fisuras y contradicciones sociales que se daban en los virreinatos del nuevo mundo.  Las damas sin duda perpetúan la lamentable tradición misógina de la literatura española, pero a la vez le sirven al poeta para reconocer o quizás cuestionar algunas de las invenciones sobre América que formaban parte del imaginario cultural europeo de finales del siglo diecisiete, algo que a la vez nos permite a  nosotros subrayar el carácter histórico y no natural de la vituperación de la mujer en la cultura occidental.

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Pedro Lasarte
Universidad  de Boston

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