Lima satirizada: Mateo Rosas de Oquendo y Juan del Valle y Caviedes

            Durante los últimos años la investigación literaria viene preocupándose por releer los textos de la colonia hispanoamericana en busca de una mejor comprensión de sus referentes históricos y sociales.   Tal es el caso no sólo para las obras históricas sino también para las poéticas, que si bien se comprenden a la luz de una larga tradición literaria europea, o española, a la vez se leen ahora también como discurso que pone en evidencia algunos aspectos de su contorno propiamente colonial.  En esta breve ponencia me aproximaré a la obra satírica de dos poetas del virreinato del Peru: Mateo Rosas de Oquendo, de fines del siglo XVI, y Juan del Valle y Caviedes, de fines del XVII, autores cuya sátira entraña–creo–cierta comprensión de las encontradas relaciones entre diversos grupos de españoles que en esos momentos se hallaban en el virreinato del Perú.

Mirada - Pedro Lasarte

            Pero primero algunas palabras sobre los dos autores.  De Mateo Rosas de Oquendo se conoce poco:  nace alrededor de 1559, en España, y viaja al Perú, probablemente como miembro de la corte del Virrey García Hurtado de Mendoza, de quien llega a ser criado.  En 1591 participa en la conquista de la región del Tucumán y en la fundación de la ciudad de la Rioja, donde es nombrado Contador de la Hacienda Real.  Es, asimismo, otorgado encomiendas en Cachanga y Camiquín.  Hacia 1598 abandona el virreinato del Perú para trasladarse a México, lugar donde pasará el resto de sus días; aparentemente sin mayor solvencia económica, quejándose siempre de su mala fortuna.

            Juan del Valle y Caviedes también nace en España, en Jaén, en 1645. Llega a Lima de muy joven, pero ahora a una Lima más centrada en lo que se ha llamado el “período de la estabilización colonial.”   A diferencia de Rosas de Oquendo, quien viene a hacer su América como conquistador,  Valle y Caviedes se dedica al comercio y a la minería.  Sabemos que entre sus parientes se hallan dos  Oidores de la Audiencia de Lima, don Berjón de Cabiedes y el doctor Juan González de Santiago (OC 39) y que logra entrar en estrecha relación comercial con un miembro importante de la corte del conde de la Moncloa, el general Juan Bautista de la Rigada y Anero (OC, p. 68 y sigs).  No obstante estas relaciones con los centros del poder, como Rosas de Oquendo, Valle y Caviedes tampoco logra satisfacer sus ambiciones económicas.  El poeta muere, en la pobreza, en Lima, hacia 1698.

            Vistos, entonces, estos breves datos biográficos, pasemos a las obras literarias.  Mi intención–como ya lo mencioné–es la de llevar a cabo una lectura de ciertos pasajes en el contexto del complejo trasfondo social en el cual vivieron los poetas.  Cabe recordar que estos primeros siglos americanos sirven de campo de batalla para las encontradas alianzas y antagonismos entre diversos grupos de los habitantes españoles del Perú; es decir, en términos muy generales–y muy simplificados–, las rencillas entre los llamados criollos o  ‘apegados a la tierra’  y los chapetones o españoles (nuevos).  Es mi intención también tratar de mostrar que las sátiras de estos autores, al enfocarse críticamente en la distorsión o la exageración, eluden simples alianzas ideológicas o políticas y nos permiten visualizar algo de lo posiblemente compleja y controvertida que habría sido la realidad social con la cual se enfrentaban los nuevos residentes del virreinato del Perú (esto a pesar de las muchas leyes y restricciones que se intentaba imponer).

Pet - Pedro Lasarte

            De las obras de Mateo Rosas de Oquendo, la que más se conoce es su “Sátira a las cosas que pasan en el Pirú año de 1598,” largo romance (de 2120 versos) que conlleva, entre otras cosas, un sermón edificante y vituperativo de la vida, vicios y costumbres de la Lima virreinal, sermón que apoyado en la tradición literaria pasa revista a toda una serie de tipos y profesiones ya convencionalizados por el género satírico: viejos verdes, mujeres lascivas, adúlteros, cornudos, seductores, vírgenes falsas, soldados, esclavos, médicos, notarios, poetas, abogados, etc.   En este sentido la sátira de Rosas de Oquendo recoge un número de conocidísimos tópicos literarios; pero lo que hay que notar es que del juego entra la convención poética y el referente histórico se perfila cierta comprensión del mundo colonial.

            Lo que me gustaría anotar es que a ratos las acusaciones del narrador satírico recuerdan un conocido discurso denigrante hacia el criollo americano llevado a cabo por ciertos sectores españoles.  Como nos ha mostrado el profesor Lavalle en varias ocasiones, en la época se decía que el contacto con la naturaleza y clima americanos le ocasionaba al criollo–ya nacido o afianzado en América–una serie de males, entre ellos, la fealdad y  el “debilitamiento físico.” (Promesas, 20).   El narrador de la Sátira al Peru  hace eco de tales creencias:  su contacto con los aires de América–nos dice–habría “alacranado” su salud; y advierte que, según él, si algún día llegase a su patria, a Castilla: “no abrá fiera que me aguarde/ ni trataré con las gentes . . . / y me cerrarán las puertas / como atocado de landre” (2067-76).  Y en otro momento se queja de que sin que sus “treintainuve navidades” todavía lo pidan él comienza ya a “platearse,” es decir, a encanecer.

            No es difícil imaginarse que las dificultades y penurias con que se enfrentaban los conquistadores bien podrían causar un prematuro envejecimiento, pero  hay que ver que esta última queja del narrador connota una ya olvidada creencia de la época y que él la querrá asociar con la denigración del continente americano.  El doctor Juan de Cárdenas, en su Problemas y secretos maravillosos de las indias, de 1591–quien, dicho sea de paso, no tiene ninguna intención de difamar–tiene un capítulo titulado “Cual sea la causa de encanecer tan presto los hombres en esta tierra.”  Allí explica Cárdenas que a los españoles la estadía en el Nuevo Mundo les causaba un exceso de flema, exceso que se expulsaba del cuerpo a través del pelo; es decir, en forma de canas.  Según Cárdenas los españoles sufrían de tal profusión de flema a causa del clima, a causa de la humedad de las regiones americanas, pero–más interesante aun, añade, por “los demasiados actos venereos, de que muchos usan en las Indias.” (165).  Si volvemos a Rosas de Oquendo, vemos que el narrador favorece esta segunda conjetura de Cárdenas, la de la vida licenciosa de la Lima virreinal, sobre todo la de sus mujeres.  Entre las muchas acusaciones del poeta podemos destacar, por ejemplo, la predilección por el baile lascivo:  “Un sambapalo comienzan / con que las doncellas dancen / que no hay ramera en Ginebra / que tantos meneos alcanze” (1203-06); o los deslices de la joven casada con el viejo:  “La otra tiene un galán / discreto de lindo talle, / y cuando su viejo duerme, / se levanta a regalarle, / y en la cama de la niña / suelen a solas holgarse” (1127-32).

            El narrador confiesa su complicidad con este supuesto relajamiento sexual de las limeñas:  “en un desdichado tiempo / rondaba yo vuestras calles / y adoraba vuestras cosas / tan dignas de abominarse” (xxx); y a la vez agradece burlonamente los efectos de su contacto con la vida licenciosa del Perú.  Les dice a las limeñas–como hemos visto–que sin que su edad lo pida , comienza ya a platearse,(a encanecer),  pero añade que “algunas veces me huelgo / de verme con este traje, / porque enfadadas de mi/ huyáis” (1289-94).  El narrador nos dice, entonces, que sus achaques prematuros–su contagio del ‘landre’ y su temprano encanecimiento serían no sólo producto del contacto con los ‘aires de Lima,” sino también –recordando las ideas de Cárdenas–producto de su participación en los “actos venereos que tantos se usan en el nuevo mundo.”

            Rosas de Oquendo parece tomar prestada una de las muchas creencias negativas sobre América y con ella integrarse al discurso difamatorio del nuevo mundo.  ¿Es entonces el poeta, como se ha dicho en varias ocasiones, un representante de aquellos grupos de españoles que se enfrentaban con los criollos u otros apegados a la nueva tierra?  Sí y no.  Lo que hay que notar es que Rosas–y luego Valle y Caviedes–por medio de su poesía satírica sí critican severamente muchos aspectos de la realidad del virreinato del Perú, pero no toman claro partido con ningún grupo especifico.  Sus preocupaciones, más bien, parecen ser más que nada las de desenmascarar el engaño y la falsificación, sea esta de criollos o de españoles.

            Como hemos visto, Rosas de Oquendo al principio parece unirse a las voces condenatorias que acusaban al nuevo mundo de ser nocivo para el español, pero hay que ver que también lo ha hecho en son de burla:  recordemos que se alegra de un supuesto encanecimiento prematuro, de un afeamiento que lo haría poco agradable para los apetitos sexuales de las limeñas.  No es sorprendente, entonces, que en otro momento, con seriedad, rectifique su adhesión a lo antes dicho.  Sus contagios de landre, su encanecimiento prematuro, y su predilección por el pecado venéreo, corrige, no se debería a las innatas condiciones del continente americano y sus habitantes, sino mas bien a sus propias inclinaciones personales:

                  ¡O mi Pirú mal pagado,
                  perdóname ylustre rreyno,
                  que abiendo sido mi abrigo,
                  vine yo a pegarte fuego!
                  Traté mal tu presunsión
                  y descubrí tus secretos,
                  ¡y abiendo sido tu daño
                  hijo de mi mal exenplo!

Quisiera pasar ahora a otro segmento del poema de Rosas de Oqendo en que nuevamente se pone en tela de juicio algunas de la ideas o voces que circulaban en el virreinato del Peru hacia fines del siglo XVI.

            Se trata de los conquistadores menores que se sentían desplazados por una nueva clase burocrática y litigante.  Rosas de Oquendo recibió encomiendas y llegó a ser “criado” del virrey, pero estas situaciones parecen no haber sido ni suficientemente buenas ni duraderas.  Quizás por esto, el  narrador en varias ocasiones hace suyas las conocidas quejas de muchos de los viejos conquistadores quienes, para entonces, habrían llegado a una penosa situación de pobreza y abandono.  El narrador se lamenta:  “Pasé por siglo de oro / al golfo de adversidades: / ayer cortezano ylustre, / oy un pobre caminante” (79-82), y sarcásticamente intenta desenmascarar el engaño y la pretensión de los advenedizos a corte:

                  Maquinan torres de viento,
                  consiben mil nesedades,
                  vno pide situasiones,
                  el otro pide eredades,
                  el otro rrepartimientos,

Y luego, lleno de ira e indignación, nos recuerda que

                  .  .  .  en leyes de presunción
                  se tiene por ynviolable
                  que sólo goze del fruto
                  quien lo rregó con su sangre (1611-38).

El reclamo, tan típico del conquistador, es argumentado por Rosas de Oquendo al incluir un pasaje autobiográfico sobre su participación en la conquista:

                  Vna bes fuí en Tucumán
                  debajo del estandarte,
                  atronado de tronpetas,
                   .  .  .
                  y quando el gouernador
                  tubo nonbrados alcalldes,
                  hísome jues ofiçial
                  de las hasiendas rreales.   (vv. 1689-1700)
                  Juntámonos en cabildo
                  todos los capitulares

Y de inmediato reproduce–en estilo indirecto–fragmentos de una relación de servicios:

                  que por franquear el sitio
                  para pueblos y eredades,
                  fuimos con muncho trauajo
                  .  .  .
                  que peleamos tres días
                  con veinte mil capaianes;
                  salimos munchos heridos
                  sin auer quien nos curase;
                  que en pago deste seruisio
                  nos acudiese y onrraze,
                  enbiándonos esenciones,
                  franquezas y liuertades   (vv. 1705-16)

El poema recoge, entonces, un discurso de gran importancia para los conquistadores en el llamado proceso de pacificación.  Lo que debemos ver, sin embargo, es que  nuevamente la sátira de Rosas de Oquendo, en son de burla, se permite cuestionar tales peticiones que sin duda algunas proliferaban en las oficinas virreinales.  Como se aproxima la Cuaresma, nos dice el narrador, él ha de confesarse y rectificar el memorial enviado al virrey:

                  yo restitutyo la honra
                  a los pobres naturales,
                  que ni ellos se defendieron,
                  ni dieron tales señales;
                  antes nos dieron la tierra
                  con muy buenas voluntades,
                  y partieron con nosotros
                  de sus asiendas y ajuares;
                  y no me dé Dios salud
                  si se saco onza de sangre ( 1729 -1728)

            Recapitulemos, entonces, brevemente:  tanto en este caso, el de una carta de petición de favores rectificada, como en el anterior, el de la acusación de una Lima dañina y licenciosa corregida, el poema de Rosas de Oquendo parece estar muy consciente de las interesadas exageraciones–o falsificaciones–que habrían de llevarse a cabo por parte de los diversos grupos que competían por el reconocimiento de sus propios intereses.

            Pero avancemos, ahora, unos cien años para ver que con Juan del Valle y Caviedes ocurre algo semejante.  Para el caso escojo un animado diálogo de preguntas y respuestas entre una “Vieja,” asociada con la “curiosidad,” y un joven “Perico” o “Periquillo,” portavoz del “desengaño.”  El diálogo, como con Rosas de Oquendo, se enfoca  en algunos vicios morales de los habitantes de Lima, sobre todo la relajadas actividades que acompañarían ciertas prácticas religiosas, la pretensión de linajes, y el comportamiento lascivo y vanidoso de las limeñas–es decir, nuevamente vemos toda una misma tradición literaria como trasfondo del referente histórico virreinal.

            El diálogo empieza con la voz de un narrador externo que presenta a los dos personajes:   “La anciana Curiosidad, / frágil, femenil dolencia” que le hace preguntas “al niño de Cuacos, / bobo de Coria en simpleza” (A 1-6).[i]   Los personajes que dialogan son seres ironizados y rebajados por el narrador.  La vieja, con su “anciana curiosidad,” recuerda la (entre comillas) “fragilidad” femenina iniciada por Eva; y su interlocutor, “el niño de Cuacos, bobo de Coria,” es testimonio de la ignorancia y la necedad.  En apego a la tradición serio-cómica estos personajes, dada su condición, serían capaces de relatar una verdad “no oficial” sobre la ciudad de Lima.[ii]   Con palabras irónicas, y con la cabeza “mareada,” la vieja requiere la verdad en torno a los pregones de la “fama parlera” (A 70-72), quien viene exaltando  la superioridad de Lima:   “Niño Perico, pues vienes  / de aquella Cairo suprema, / que son cortos arrabales / las cortes más opulentas; / con quien Roma es un cortijo; / Nápoles, una aldehuela; / Londres, un zaquizamí; / París, una choza yerma. / . . .  / Contadme, niño, contadme, / sin que la pasión te mueva, / sus progresos, sus trofeos, / sus máquinas, sus grandezas” (A 13-28).   El Periquillo, quien viene de “allí,” dadas su experiencia americana y sus limitaciones intelectuales, habría de ser un excelente reflector de la realidad para así satisfacer la curiosidad de su interlocutora.  El contará lo que ve y oye “de pe a pa”–es decir de memoria, sin reflexión ni engaño;  y esto aunque le “echen periquitos”– es decir, que lo insulten (A 10-11)–pena que sin duda habría de sufrir el mensajero de la verdad.

            En el diálogo hay muchas cosas:    entre ellas una sátira de las aparatosas fiestas y paseos religiosos, que incluye una obligatoria referencia a las tapadas limeñas;  una denuncia de la vana ostentación de riqueza llevada a cabo en los entierros y exequias limeños; y, también, una conocida censura del abuso del “don” y de la pretensión de linajes:  “en esta Babel con sólo / el contacto de la huella, / se constituyen los sastres / en potentados de Grecia;/ los galafates, en condes; / duquesas, las taberneras; / en príncipes los arrieros, / y las gorronas, princesas” (B ???-42).

            Curiosamente–y en recuerdo de la tradición del laus et vituperatio–a lo largo de la denuncia de los habitantes de Lima hay también, intercalada, una defensa o alabanza de una “verdadera” nobleza, tanto entre hombres como mujeres.  Así, por ejemplo, los interlocutores se ponen de acuerdo para no “profanar las excelencias” de “gloriosos héroes / que ilustran su alta nobleza” (B 107-10); o, en otro lugar, el Periquillo defiende a las “ilustres matronas,” reclamando que su “prudente recato, / virtud, cordura y modestia / a la veneración toca / y no a la censura grosera” (B  223-26).

            Ahora, dada la ambivalencia–o coexistencia de la denigración y la alabanza de ciertos sectores de los habitantes de Lima,  hay que preguntarse dónde se sitúa el discurso satírico; es decir, desde qué perspectiva se enjuicia, o se alaba, a ciertos sectores de la ciudad de Lima.  ¿Quiénes son los blancos de vituperación y elogio que se hallan detrás del lugar común y la referencia tópica?  ¿De quién se queja y a quién ataca?  La repuesta, como en el caso de Rosas de Oquendo, no es ni tan inmediata ni tan clara–y quizás por eso pueda resultar en ciertas reflexiones interesantes.  Veamos.

            Una primera aproximación a estas preguntas ha de hacerse, creo, otra vez, en el terreno de lo que se ha visto como la pugna entre “criollos” y “españoles.”  La conocida queja en torno a una “verdadera nobleza” que se ve opacada por el arribo de una nueva clase oportunista ha de mirarse en función del concepto que tenía el criollo americano de ser verdadero y legítimo descendiente de los conquistadores.  Esto en pugna con los “otros,” los “chapetones,” a quienes percibía como “nuevos.”

            El elogio de la “verdadera” nobleza española que residía en el virreinato formaría parte, entonces, de una ‘reivindicación’ criolla.  Un ejemplo de la época, que coincide con las alabanzas del poeta, se halla en el historiador criollo Fray Buenaventura de Salinas y Córdova.  En su Memorial de las historias del nuevo mundo Pirú (1630), dice:  “Los caualleros, y nobles (que son muchos, y de las mas ilustres, y antiguas casas de España) todos son discretos, gallardos, animosos, valientes, y ginetes.  Las mugeres generalmente cortesanas, agudas, hermosas, limpias, y curiosas; y las nobles son con todo estremo piadosas, y muy caritatiuas.” (246).

            Ambos nuestro satírico Valle y Caviedes y el historiador Buenaventura de Salinas alaban, entonces, a una “verdadera nobleza,” y también coincidirán en la denuncia de los “falsos caballeros.”  Recordemos lo que nos había dicho el Periquillo de Valle y  Caviedes:  vuelvo a citar:  “en esta Babel con sólo / el contacto de la huella, / se constituyen los sastres / en potentados de Grecia; / los galafates, en condes; / duquesas, las taberneras;  (B 135-40).  En Salinas hay algo muy semejante:  su sátira es menos directa, pero no deja de serla.  Luego del elogio de la nobleza peruana que vimos hace unos minutos, la de los caballeros y damas discretos, gallardos  y animosos, continua enalteciendo al Perú, pero de paso se mofará de sus recién llegados, de sus advenedizos.  La tierra del Perú–según las ideas de Salinas–sería muy benévola con todos sus nuevos residentes porque “en llegando a Panama, el rio de Chagre, y el mar del Sur los bautiza, y pone vn Don a cada vno:  y en llegando a esta Ciudad de Reyes, todos se visten de seda, decienden de don Pelayo, y de los Godos, y Archigodos, van a Palacio, pretenden rentas, y oficios, y en las Iglesias se afirman en dos colunas, abiertas como el Coloso de Rodas, y mandan dezir Missas por el alma del buen Cid” (246).   Vemos así, pues, que los dos autores–Valle y Caviedes y Salinas–comparten cierta posición en torno a los encuentros entre criollos y españoles:  alaban a una “verdadera” nobleza y denigran el oportunismo de los recién llegados.  ¿Hemos, entonces, de asociar al poeta con lo que el profesor Lavallé ha llamado en cierto momento el “criollismo militante” de Buenaventura de Salinas? (Las promesas, 134)  Sí y no.  Hay, creo, entre los dos, una interesante e importante diferencia.  La expresión criolla de Buenaventura de Salinas, su defensa del “antiguo” en contraposición al “advenedizo,” se halla argumentada, (en este caso al menos), en parte, por un continuado e hiperbólico encomio de la ciudad de Lima.  Valle y Caviedes, sin embargo, parece atacar a la ciudad.  Adentrémonos, entonces, un poco más en este asunto.

            La exaltación de la llamada “ciudad de los reyes,” como nos explica el profesor Lavallé, se dio en un principio como expresión de orgullo ante la habilidad de los primeros conquistadores españoles para crear de la “nada” un importante centro urbano y cultural.    Agustín de Zárate y Cieza de León, por ejemplo, hacia mediados del siglo XVI, se habrían mostrado muy orgullos de “la más bella realización española del país” (Lavallé, Las promesas 131).  El segundo de estos dos afirmaría que en Lima “hay muy buenas casas y algunas muy galanas con sus torres y terrados y la plaza es grande y las calles anchas . .  [y] . .  sus huertas y jardines . . .  son muchos, frescos y deleitosos, [etc., etc.] ” (Lavallé, Las promesas 131).

            A principios del siglo XVII, luego de esta inicial alabanza de Lima como obra creada de la “nada,” surge lo que el profesor Lavallé denomina el “fenómeno criollo” (Las promesas 132), y con él también una defensa del virreinato, y de Lima, pero ahora–y esto es importante–como respuesta ante una creciente denigración española.  Desde un principio el medio americano se había considerado como inferior al de España y, de acuerdo a las creencias de la época, (recordemos lo que hemos visto de Rosas de Oquendo) se pensaba que América habría tenido un inevitable influjo negativo sobre sus habitantes;  hasta tal punto que (y nuevamente debo citar del profesor Lavallé) “en repetidas ocasiones –todavía a finales del siglo XVII–eminentes ‘especialistas’ españoles se preguntaban sin rodeos si, con el tiempo, bajo los efectos de la naturaleza americana conjugada con condiciones de vida particulares y con influencias astrales específicas, los criollos no vendrían a ser un día semejantes, en todo, a los indios” (Lavallé, Las promesas110).

            Ante tales amenazas de denigración española, el discurso criollo en su alabanza del Perú se convierte entonces en arma de combate.  Fray Buenaventura de Salinas–de quien ya hemos leído una exaltación–dice que Lima ha llegado “a leuantar cabeça entre las mas ilustres ciudades deste nueuo Mundo, y de España, no solo por su fundacion, sino mucho mas por su autoridad, y nobleza” (106); y hace suyas, en traducción, las palabras de un pasajero por Lima, el “ilustrisimo Fr. don Francisco Gonçaga Arçobispo de Mantua:

es tal el temple desta ciudad, tal la serenidad del ayre, la tranquilidad, y amenidad, que apenas tiene igual en todo el mundo  .  .  .  ni con el demasiado calor del Sol se abrassa en el Verano, ni con los elados frios se entorpece . . .  [y concluye que] siempre goza de vn cielo tranquilo, y sereno.[iii]

            La alabanza del ambiente natural de Lima y su alrededores–como la que acabamos de leer–daría paso a la alabanza de sus moradores, invirtiendo la lógica de los detractores de la ciudad.  Buenaventura y Salinas pareciera sugerir que los habitantes de un lugar perfecto tendrían que ser, a su vez, perfectos (Lavallé, Las promesas 134):  “el natural de la gente comúnmente es apacible, y suave: y los que nacen acá son con todo estremo agudos, viuos, sutiles, y profundos en todo genero de ciencias, etc.;”  y concluye que “el clima del Pirú los levanta, y enoblece en animos, y pensamientos” (Salinas 246).

            Es importante, entonces, subrayar que esta alabanza de los habitantes del virreinato en Salinas –como en muchos otros criollos similares–se desprende del elogio la ciudad de Lima.  Tal elogio rápidamente pasará a convertirse en una suerte de “mitificación” de la capital del virreinato.[iv]  Y es sobre esto, creo, sobre la exagerada e hiperbólica representación de Lima, sobre la cual descarga su sátira Valle y Caviedes.  El poeta, como hemos visto, comparte las denuncias de los advenedizos y se afilia con las voces de los “antiguos pobladores” o “hijos de la tierra,” pero simultáneamente, como buen satírico reconoce, y repudia, la exageración, la  propaganda.  Regresemos a su “Vieja Curiosidad.”

            A lo largo del diálogo entre la vieja y el Periquillo hay numerosas referencias a la procedencia de la exaltación de Lima y sus habitantes.  El elogio, nos dice la vieja, sería producto de algunos “paporretas” que le faltan el respeto con “apócrifas quimeras / de asombros, monstruosidades, / maravillas, conveniencias / . . .  / de regalos y riquezas” (A 78-84).  Y de inmediato quiere poner en tela de juicio lo que comúnmente se oye (o se lee) sobre el placentero y beneficioso clima de la ciudad de los Reyes, (para nosotros, ahora, esto recuerda lo que habíamos leído en Salinas y Córdoba).  Cito las palabras de la vieja:    “¿Qué me cuentas del celaje / que, según lo que exageran / sus patricios, el Empíreo / aún no llega a su belleza? (A 97-100).  El Periquillo corrobora sus sospechas (“del dicho al hecho hubo siempre / muy notable diferencia” A 101-02), y como “bobo” bien sabe de donde vienen tales exageraciones:  “en cualquier tierra de Babia / suelen mentir sus babiecas” (A 103-04).  Tras la máscara de necio del Periquillo se esconde, entonces, un reconocimiento de la falsificación.  Este parece ser un buen lector de los textos encomiásticos de Lima que circularían “por allí.”  Le advierte a la vieja, con un recuerdo burlesco de la sátira de la descripción poética,  que estos discursos,  “por dar / a sus errores más fuerza, / dirán que el cielo es pintado / sobre cristalino néctar; / que es de tela de cebolla, / bordada de lentejuela” (A 105-10).  Y, autorizado por su conocimiento directo de la verdad, rectifica:  el cielo de Lima, dice, se halla ” las más veces, / cubierto de opaca niebla (A 113-14) y puede “competir al limbo / o apostar con la Noruega” (A 115-16).[v]

            A pesar de lo que pareciera a primera vista, no es mi intención poner a Fray Buenaventura de Salinas como referente paródico de Valle y Caviedes.  Salinas, de todos modos, es sólo una de muchas voces de lo que el profesor Lavallé ha denominado la “militancia criolla.”  Creo, además, que la obra de Valle y Caviedes en su totalidad muestra una simpatía por las quejas y preocupaciones del criollo.[vi]  Lo que sí es importante es reconocer que en este diálogo la crítica se dirige más que nada a la exageración de la grandeza de Lima, y en especial a la circulada por medio de la letra escrita.  Al final del diálogo, después de haber escuchado por parte del Perico una confirmación de sus sospechas, vemos que la vieja, con indignación, renuncia al texto escrito como ilusorio y peligroso: “Digo que de hoy adelante, / doy por falsas, por siniestras, / por nulas, por atentadas, / por patrañas, por novelas, / a todas y cualesquiera / relaciones o gacetas, / informes o descripciones  / a mano escritas o impresas, / maldiciendo a los perjuros / informantes, . . . y a los tales ateístas, / por incursos en la pena / de falsarios, de embusteros / o de perjuros babiecas” (B 314-29).[vii]

            En conclusión, parece ser que de las preguntas y respuestas de la Vieja Curiosidad y el Periquillo se destila una interesante matización a la conocida pugna entre “criollos” y  “españoles.”  Como se ha venido reconociendo en los últimos años, la posible identidad del colono, y del criollo, no era algo rígido e inmutable.  Este ha de definirse como función de las diversas posiciones, a ratos contradictorias, que asumía en su relación con las prácticas socio-económicas y políticas que lo rodeaban.  En el caso de Valle y Caviedes presenciamos una voz colonial cuya denuncia del advenedizo lo sitúa en el campo del criollo, pero no del “militante.”  Su sátira se alía con las críticas hechas a una nueva clase advenediza, pero a la vez se enfrenta con la falsificación de la realidad por parte de cierto sector criollo.  Su obra matiza así, entonces, lo que en algunos lugares se ha pensado ser una clase homogénea.

            No es fácil, creo, deslindar de la obra de estos poetas cuáles fueron exactamente sus aliados y cuáles sus antagonistas, o qué comportamientos apreciaban y cuáles les disgustaban, y cuándo.   Lo que sí parece quedar claro es que su obra, como satírica, se preocupa por desmantelar el engaño y la falsificación.  Tanto Rosas de Oquendo como Valle y Caviedes, para recordar el feliz concepto de Angel Rama, habitaban una “ciudad letrada” en la cual una significativa parte del poder se ejercía a través de la letra escrita, forma de control del cual los poetas habrían estado muy conscientes.[viii] De allí que Rosas de Oquendo se mofe de muchas de las invenciones sobre América y de las exageradas relaciones de servicio y que la “Vieja Curiosidad” de Valle y Caviedes se indigne al contemplar una Lima falsificada por la letra, sea ésta impresa o manuscrita.  Me gustaría imaginarme, entonces, que Rosas de Oquendo y Juan del Valle y Caviedes, si bien sin duda participaron activamente en defensa de sus propios intereses, simultáneamente, por medio de sus inclinaciones satíricas, nos legaron una interesante comprensión de la compleja y contradictoria realidad del virreinato peruano.

hablando por teléfono - Pedro Lasarte


            [i]Para nuestro estudio hemos consultado tres de las ediciones más recientes de la obra de Valle y Caviedes que incorporan, si no todos, varios de los manuscritos que se conocen de su poesía.  Estas tres ediciones son las del P. Rubén Vargas Ugarte (1947), la de Daniel Reedy (1984), y la más reciente, la preparada por Leticia Cáceres, Luis Jaime Cisneros y Guillermo Lohmann Villena (1990).   Hay que notar que el diálogo que nos importa, en las ediciones de Reedy y Cáceres et al. aparece dividido en dos partes, mientras que en la del P. Rubén Vargas Ugarte aparece como si fuera un sólo texto.  En este último todo el poema (de 442 versos) lleva el título de “Coloquio entre la Vieja y Periquillo sobre una procesión celebrada en Lima.”  En las ediciones de Reedy y Cáceres et al., sin embargo, con una muy breve diferencia, los primeros 116 versos llevan el título de “Preguntas que hace la Vieja Curiosidad a su nieto el desengaño, niño Perico, hijo de la experiencia de las grandezas de una ciudad en los reinos yermos y andurriales,” y los segundos 329 versos, “Coloquio entre una vieja y Periquillo ante una procesión celebrada en esta ciudad.”  Siguiendo las intuiciones de Vargas Ugarte–dadas la semejanza y continuidad de los dos segmentos–los trataremos como uno solo.  Estos dos, de todos modos, se hallan unidos orgánicamente por compartir una introducción y una conclusión.  Los textos se hallan en las páginas 280-83 y 205-13 de Reedy y las 491-94 y 494-503 de Cáceres et al.  El primero de estos editores transcribe el título del segundo diálogo como “Coloquio . . . a una procesión,” título que Cáceres et al. enmiendan a “Coloquio . . . ante una procesión.”  Ambas ediciones señalan que el primer texto se encuentra en los manuscritos de las Universidades de Kentucky y Yale y también en la Biblioteca Nacional de Lima, y que el segundo se halla en estos mismos tres manuscritos mas los de la Biblioteca Nacional de Madrid y la Universidad de Duke.  Para la referencia exacta de los códices, véase Cáceres et al., págs. 227-43.  Para todas nuestras citas de la obra de Valle y Caviedes usamos la edición de Caceres, Cisneros y Lohmann Villena.  Como hemos dicho, dadas su semejanza y continuidad tratamos a los diálogos como un sólo texto.  Las referencias a los versos del primer diálogo irán acompañadas de la letra A, y las correspondientes al segundo, por la letra B.   Finalmente, cabe aquí mencionar la interesante relación de este diálogo de Valle y Caviedes con otro, posterior, el de la Descripción de las grandezas de Santiago de Chile.  Esta última es una obra manuscrita, fechada en 1740, y atribuida a Ignacio de Mendieta.  Uno de sus editores, sin embargo–Luis Iñigo Madrigal–ha visto que 446 de sus 1394 versos satíricos a la ciudad de Santiago están tomados, con algunas variantes, de los diálogos de Valle y Caviedes que aquí estudiamos.  Este es un asunto que elaboraremos en detalle en otro lugar.

            [ii]El diálogo satírico tiene una larga e importante trayectoria en las literaturas occidentales:  desde la sátira de Menipo (siglo III A.C.), pasando por Luciano, hasta las conocidas imitaciones del Siglo de Oro, como el Crotalón de Cristóbal de Villalón.  La figura de Perico, Periquito o Periquillo, es parte de toda una tradición folclórica (v.g. el conocido “Perico de los palotes”); y lo es también la verdad en boca de niños o tontos.  De esto último hay muchos ejemplos en el refranero popular.  Uno de ellos:  “El niño y el orate dicen la veritate” (Cejador y Frauca 3: 94).

            [iii]Véase también Lavallé, Las promesas, 112-13.

            [iv]Otro elogiador de la capital del virreinato sería el hermano de Fray Buenaventura, F. Diego de Córdoba Salinas, cuya exaltación de Lima en su Teatro de la santa Iglesia metropolitana de los reyes (terminada en 1650), nos recuerda las quejas del diálogo de Valle y Caviedes.  Allí la vieja decía, sarcásticamente, que a Lima la suponían superior a Cairo, Roma, Nápoles, Londres y París (A 13-20).  Curiosamente, Diego de Córdoba dice algo muy semejante, pero sin queja, y con seriedad:  “No tiene Lima que envidiar las glorias de las ciudades antiguas, porque en ella se reconoce la Roma Santa en los templos y divino culto; la Génova soberbia en el garbo y brío de los hombres y mujeres que en ella nacen; Florencia hermosa por la apacibilidad de su Temple; Milán populosa por el concurso de tantas gentes como acuden a ella; Lisboa por su conventos de monjas, música y olores; Venecia rica por las riquezas que produce para España y liberal reparte a todo el mundo; Bolonia pingüe por la abundancia del sustento; Salamanca por su florida universidad, religiones y colegios” (Lavallé, Las promesas 137-38).  El mismo Diego de Córdoba Salinas también alaba a Lima en su Crónica Franciscana.  Se deleita allí en mencionar sus “porcelanas de China, especias de Indias, cristalería tallada en Venecia, alfombras de Turquía . . . las calles anchas y rectas, las aguas cristalinas que brotan de numerosas y bellas fuente de piedra o alabastro . . . jardines cubiertos de flores todo el año,” etc. (Lavallé, Las promesas 137).  Otro ejemplo similar también sería Tesoros verdaderos de las Indias en la gran provincia de San Juan Bautista de F. Juan Meléndez (1681), donde leemos que en Lima “las calles son . . .  un tercio más anchas que el famoso corso de  Roma, los palacios . . .  son cuatro veces mas vastos e imponentes que los más importantes de Génova” (Lavallé, Las promesas 139).  Si quisiésemos seguir con más ejemplos podríamos pasar al estudio de José Antonio Mazzotti, quien recoge un número de alabanzas del Perú y Lima.  Entre ellas, por ejemplo, la de la Crónica moralizada de F. Antonio de la Calancha (1638):  “si el Peru es la tierra en que mas igualdad tienen los dias, mas tenplança los tienpos, mas benignidad los ayres i las aguas, el suelo fertil, i el cielo amigable; luego criarà las cosas mas hermosas, i las gentes mas benignas i afables, que Asia i Europa (f. 68)” (Mazzotti 180).  Hay también referencias a Lima como “‘Flor del Perú,’ la ‘Reyna del Nuevo Mundo’ y la ‘Cabeza destos reynos’” en “Barco Centenera en 1602 (f. 212v), Carvajal y Robles en 1632 (f. 1) y Calancha en 1638 (f. 56), respectivamente” (Mazzotti 188-89).  Luego, después de algunas citas del Poema Heroyco Hispano-Latino panegyrico de la Fundación y Grandezas de la muy Noble y Leal Ciudad de Lima (Lima, 1687) del jesuita limeño Rodrigo de Valdés, Mazzotti recoge aun más referencias elogiosas a la capital peruana; entre ellas “‘Reyna entre todas las [ciudades] del Mundo’ (Montalvo: f. 18), ‘Roma del Nuevo Mundo’ (Meléndez: f. 150) y hasta ‘abreuiado cielo’ (Echave y Assu:  f. s. n)” (Mazzotti 186-89).  Los textos estudiados por Mazzotti, además de la Crónica de la Calancha y el poema de Valdés, según su bibliografía, son: Martín Barco Centenera, Argentina y Conquista del Río de la Plata. . .(Lisboa, 1602); Rodrigo de Carvajal y Robles, Fiestas que celebró la Ciudad de los Reyes del Piru al nacimiento del sernissimo Principe don Baltasar Carlos de Austria . . . (Lima, 1632); Francisco Antonio de Montalvo, El sol del nuevo mundo . . . (Roma, 1638); Juan Melendez, Tesoros verdaderos de las Yndias en la Historia de la Gran Prouincia de Suan Iuan Bautista de el Peru . . . (Roma, 1681); Francisco Echave y Assu, La estrella de Lima convertida en sol . . . (Amberes, 1688).

            [v]Hay que reproducir aquí algunas otras palabras del ya mencionado viajero por Lima, Fray Diego de Ocaña:  “El invierno en esta ciudad es un tiempo muy triste, no frío sino templado; pero tiempo que causa mucha melancolía porque acontece no ver el sol en todo el mes y en toda la semana, y está de continuo el cielo como con un toldo de niebla que entristece mucho y causa enfermedades” (94).

            [vi]Valle y Caviedes nació en Jaén, España, en 1645, pero pasó a América de temprana edad (Valle y Caviedes, eds. Cáceres et al.  22-23).  Dada su permanencia en Lima creemos que habría vivido y compartido los sentimientos del criollo peruano. Para el caso habría que recordar algunas palabras de Jacques Lafaye, para quien “lo que definía al criollo, más que el lugar de su nacimiento, era el conocimiento del país y sobre todo la adhesión a un ética colonial de la sociedad” (Lavallé, “Del espíritu colonial” 41).

            [vii]Además de los textos históricos ya vistos, un sumario recorrido por las bibliografías de la época nos muestra que efectivamente el panegírico sí formaba una importante parcela de las publicaciones limeñas.  La Imprenta en Lima y la Biblioteca Hispano-Americana de José Toribio Medina, entre otros manuales bibliográficos, evidencian que la publicación exaltadora de Lima, de sus celebraciones y de sus habitantes–dado el número total de impresos–no era poco común.  Baste aquí sólo una muestra:  hay alabanzas físicas de la ciudad (“Descripcion panegirica / de la fvente qve / en la plaza mayor de Lima, / emporio del Perv . . . Lima, 1651″), exequias y pompas fúnebres que recuerdan algunos de los versos de Valle ya citados(“Oracion / fvnebre / en las exeqvias de la / Señora Doña Ines de Aguirre, / y Cortes. . .  Lima, 1690″) y relaciones encomiásticas de limeños (“Relacion de la calidad, estvdios, y letras / del Doctor Don Fernando de Cartagena Brauo de Peredes, Abogado  . . .   Lima, 1677″ (Medina, La imprenta en Lima 2: 12, 185 y 121).   Esto para impresiones.  Habría que reflexionar sobre los encomios manuscritos a los cuales alude el diálogo de Valle y Caviedes.  Posiblemente muchos de ellos–como algunos otros impresos–serían certámenes o cancioneros poéticos.    Por otro lado, y curiosamente, un repaso a la Biblioteca Hispano-Americana, que recoge las publicaciones españolas tocantes a América, muestra que entre los años 1677 y 1700 la publicación de relaciones de servicios en América se multiplica en forma notoria (véase Medina, Biblioteca Hispano-Americana, 3: 242-445).  Aunque una aproximación detenida, y certera, a estos escritos de la época está fuera del alcance y posibilidades de este estudio, no está demás considerar que tal aproximación recaería, creo, sobre un complejo e importante campo de investigación que todavía está por explorarse más a fondo, el de la difusión de textos y la lectura en los siglos coloniales del Perú.  Al respecto, además de la obra de Irving Leonard, la excepción es ahora el mencionado libro de Teodoro Hampe Martínez.

            [viii]Como bien nos recuerda Rolena Adorno, “through the use of the image of the city, in its original form as idea and ideal, Rama examines the relationship of power and knowledge in the segment of society that was literate in order to illustrate the instrumentalization of power through the hegemonic minorities who monopolized the written and printed word. . . .  Rama’s work allows us to postulate the relationship between literary production, publication histories, and the attainment and maintenance of power in colonial society” (“Colonial Spanish American Studies” 171).  Y también, en otro lugar:  “el concepto de la ciudad letrada se refiere a un conjunto de prácticas y de mentalidades que no formaban un sólo discurso ideológico, sino que eran polivocales.  El acceso a la imprenta fue precisamente el fenómeno que hizo imposible la creación del discurso univocal; la reacción de ciertos letrados al nuevo invento atestigua que el entusiasmo por la diseminación de información e ideas estaba atenuado por la preocupación por el control de ellas” (‘La ciudad letrada’ 4).  El título del libro de Angel Rama es La ciudad letrada.

 Obras citadas

 Adorno, Rolena. “La ciudad letrada y los discursos coloniales.”  Hispamérica, 48            (1987), 3-24.

“Colonial Spanish American Literary Studies:  1982-1992.”  Revista Interamericana de Bibliografía.  Inter American Review of   Bibliography, 38 (1988), 167-76.

Cejador y Frauca, Julio. Refranero Castellano.  3 vols.  Madrid:  Hernando, 1928-          29.

Chang-Rodríguez, Raquel.  El discurso disidente: Ensayos de literatura colonial peruana.  Lima:  Pontificia Universidad Católica del Perú, 1991.

Hampe Martínez, Teodoro.  Bibliotecas privadas en el mundo colonial.  La          difusión de libros e ideas en el virreinato del Perú (siglos XVI-VII).              Madrid:  Iberoamericana, 1996.

Iñigo Madrigal, Luis, ed.  “‘Descripción de las grandezas de Santiago de Chile’ un poema del XVIII, deudor de Caviedes).  Estudio, transcripción y notas.” Anales de Literatura Hispanoamericana 23 (1994): 153-219.

Lavallé, Bernard.  “Del ‘espíritu colonial’ a la reivindicación criolla o los    albores del criollismo peruano.” Histórica 2 (1978): 39-61.

Las promesas ambiguas.  Ensayos sobre el criollismo colonial en los Andes. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1993.

Leonard, Irving.  Books of the Brave.  Berkeley : University of California Press, 1992.

Mazzotti, José Antonio.  “La heterogeneidad colonial peruana y la construcción del discurso criollo en el siglo XVII.”  Asedios a la heterogeneidad cultural.  Libro de homenaje a Antonio Cornejo Polar.  Coord. José Antonio Mazzotti y Juan Zevallos Aguilar.  Philadelphia:  Asociación Internacional de Peruanistas, 1996.  173-96.

Medina, José Toribio.  Biblioteca Hispano-Americana (1493-1810).  7 vols.         Amsterdam:  N. Israel, 1962.

La imprenta en Lima 1584-1824.  4 vols.  Amsterdam: N. Israel, 1965.

Ocaña, Fray diego de.  Un viaje fascinante por la América hispana del siglo XVI.   Ed. Fray Arturo Alvarez.  Madrid:  Stvdivm, 1969.

Rama, Angel.  La ciudad letrada.  Hanover:  Ediciones del Norte, 1984.

Salinas y Córdova, Fray Buenaventura de.  Memorial de las historias del nuevo mundo Piru (1630).  Lima: Universidad Mayor de San Marcos, 1957.

Valle y Caviedes, Juan del.  Obra completa.  Eds. María Leticia Cáceres, A.C.I.,  Luis Jaime Cisneros y Guillermo Lohmann Villena.  Lima:  Banco de        Crédito del Perú, 1990.

Obra completa.  Ed. Daniel Reedy.  Caracas:  Biblioteca Ayacucho, 1984.

Obras.  Ed. Rubén Vargas Ugarte, S.J.  Lima: Tipografía Peruana, S.A., 1947.

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